Murmullo de primavera en Cancún

Publicado el 13 abril, 2017

Don Ricardo odia la primavera. En su oficio de barrendero, tiene que lidiar desde marzo con árboles caprichosos que florecen y sueltan hojas por doquier, en el Parque del Artista. No importa cuánto barra, el anciano llena cajas y bolsas de hojas y flores en una tarea sin fin. En ocasiones, cuando se siente cansado, toma un respiro en una banca y sin soltar la escoba contempla el infinito en cualquier dirección. Trata por todos los medios de no acordarse de las risas, ni de los viejos tiempos. Solo los ruidos de las aves lo regresan al presente y lo ponen de mal humor, nefasteado, tararea alguna canción de Agustín Lara (“La imposible” es su favorita), para tratar de dejar de escuchar el trinar de las tórtolas y palomas.

Inicia su jornada desde que el sol comienza a levantarse victoriosamente detrás de los árboles y casas. Cada mañana, don Ricardo espera a ver las sorpresas que los jóvenes dejaron la noche anterior en el parque. Por lo que sabe, el lugar es usado por bohemios, “hipiosos” y borrachos para hacer cosas, según artísticas, que él no entiende.

Don Ricardo ya está acostumbrado: llegar y encontrar restos de papel en el piso o latas y botellas vacías de alcohol. Sentir un aroma a incienso o a marihuana. Él ya se ha acostumbrado a los “bohemios”, que solo buscan una excusa para caer en excesos y justificar sus adicciones.

El otro día, don Ricardo llegó al parque, temprano como siempre, y lo encontró maravillosamente limpio. El anciano, molesto, recorrió todo el lugar buscando basura, pero fue inútil. Simplemente no había. Como tenía que cumplir un horario de trabajo, ese día se la paso sentado en una banca, sin hacer nada, enojado, malhumorado. Echando pestes y bilis.

Ah que don Ricardo, la edad ya lo había alcanzado y se molestaba por todo. Colérico, sin nada que hacer, se quedaría en esa banca escuchando la ciudad escabullirse por sus viejos oídos y recordar días similares con aquella mujer, doña Evita, el amor de su vida. Se pone triste cuando se acuerda de ella, sus ojos parecen cántaros a punto de desbordarse. Como refunfuña a Dios en esos momentos. Lo aborrece porque decidió llevársela a ella y a él lo dejó solo.

Sí, el odia la primavera por su detestable manera de traer consigo los recuerdos. Siempre es el mismo tiempo que llega cada año, sin comienzos y sin finales. Malditos fantasmas de marzo, dijo el anciano, mientras hacía una pausa para recoger las hojas de los almendros del parque.

Ese día llegó cabizbajo a su casa, un pequeño cuarto que renta desde hace 10 años en la Donceles, tomó un viejo libro, lo abrió en una página donde está marcado “28 de marzo de 1970”. Miró lo que tenía escrito y los ojos se le humedecieron. “Pinche tiempo. Destino cruel”, se dijo a sí mismo.

Los recuerdos persisten. Hace 49 años había visto a una mujer que caminaba por Reforma, en la capital del país, con un vestido ceñido a su figura y zapatillas de tacón negro. Él, en ese tiempo, joven de 22 años, soltó la mano de su noviecita en turno y quedó mudo contemplando a Eva (nombre que días después ella le soltaría en una cita que él buscó como los huérfanos buscan los abrazos).

Se casó un día de abril hace 47 años. Recuerda que fue en la pequeña ermita en Iztapalapa, su abuela le dijo “mi hijito, las mejores cosas de tu vida sucederán en abril “, a manera de promesa. Y la anciana no se equivocó: los años siguientes todas las mejores cosas sucedieron en ese mes, primero llegaron los hijos, luego la casa y todo ese cúmulo de cosas que te hacen sentir momentáneamente bien. Don Ricardo era feliz al lado de Eva y los tres críos que tuvieron: José, Ernesto y Miriam.

Hoy en día, cuando camina por las calles, el anciano trata de no acordarse de todos esos años que quedaron atrás. Se levanta antes de que salga el sol, cuando aún es de noche, pero ya no voltea a ver al cielo. Toma un camión, junto con alumnos de secundaria y trabajadores de la zona hotelera, que lo lleve al centro, donde llega al parque para barrer día tras día.

 

El sueño del Caribe mexicano

Fue en 1983 que don Ricardo, joven ingeniero prominente, recibió la oferta de “llevar la modernidad y el progreso al sur de México”. Con incertidumbre, y después de platicarlo con su mujer, decidió aceptar la oferta de ir a trabajar a Cancún. Se cargó solo dos maletas y sus herramientas de medición y se embarcó en el sueño del Caribe.

Llegó a Cancún un 11 de abril en un destartalado bimotor. Desde las alturas, no le impresionó el azul turquesa del mar Caribe, como a todos los demás. No, a él lo que lo dejó sin habla fue la densa, asfixiante y brumosa selva, y le resultaba casi imposible imaginar que de esa densidad sepulcral pudiese nacer una ciudad.

A su llegada lo recibió el calor de la primavera, y apenas bajó de la aeronave supo que su traje y corbata eran una mala elección, se sentía asfixiado y tuvo ganas de regresarse en el mismo avión que llegó, pero no lo hizo. No era rajón. Corajudo don Ricardo.

Su primera semana fue para el olvido. No había clima, su oficina eran los montazales en la selva baja, conseguir un bloque de hielo para enfriar la bebida era un lujo, y tuvo síntomas de dengue por los implacables moscos que revoloteaban sin cesar y, para acabarla de joder, una serpiente lo mordió.

En esa ocasión pensó que moriría cuando sintió su piel punzar mientras se abría paso por la selva baja. Comenzó a gritar histérico, al fin y al cabo citadino. Todos los trabajadores que lo acompañaban, asustados buscaron la serpiente, para luego reventarse en risas. Era una culebra frutera la que le dejó el recuerdito a Ricardo, que a estas alturas ya quería regresarse a la capital y dejar que otros llevaran la modernidad y el progreso a este punto olvidado de Dios.

Contrario a lo que el mismo pudo imaginar, no lo hizo. No abandono Cancún, porque él no había llegado hasta ahí para luego regresar derrotado, que imagen daría a los hijos.

Pero también aprendió a disfrutar. Lo que más le gustaba de estar en ese pedazo de tierra eran las noches. Cuando caída la tarde, don Ricardo se alejaba de los campamentos y casitas de madera de los trabajadores y enfilaba a algún descampado, ahí se tiraba horas mirando al cielo, mientras fumaba algunos cigarrillos sin filtros y miraba las estrellas, que parecían habían sido escupidas a discreción en la bóveda celeste.

En la Ciudad de México era imposible ver noches como las que él veía siempre. Solo por ese momento se sentía bendecido. A lo lejos, se escuchaban a los trabajadores reírse y beber alcohol a lado de fogatas para espantar a los mosquitos y al cabo de unas horas, los mismos que reían sin parar, luego sollozaban, extrañando su hogar. Más al fondo, él escuchaba la selva, con su vida y sus ansias por devorar a los hombres, con todo y sus máquinas. Muchas noches se quedaba viendo la penumbra y era capaz de escucharla palpitar, como una bestia más.

Cada tres días don Ricardo escribía a su casa, aunque ya habían teléfonos en Cancún, él prefería las cartas, pues las casetas siempre estaban llenas de hombres que buscaban hablar a sus hogares y más de una ocasión hubieron peleas en las filas, además de que siempre presionaban a uno para no tardar pegado al auricular.

Don Ricardo no quiso saber nada de eso y prefirió mandar cartas y recibirlas. Fue a través del papel que supo que su pequeña Miriam ya sabía escribir y hasta dibujar, que Ernesto era muy travieso y que José tenía habilidad para el futbol. Evita le escribía de una manera que don Ricardo sentía que la tenía enfrente. Varias veces los ojos se le humedecieron y sonreía. Don Ricardo no podía estar separado de su familia por mucho tiempo.

cancun

La ilusión erosionada

Hoy, don Ricardo guarda en un libro ya desgastado, recortes y fotos de hace años, además de cartas de Eva, que eran selladas con un “nos amaremos juntos”, de los críos tiene una carta de Miriam, un dibujo de Ernesto y una foto dedicada de José posando con su uniforme de futbol. Esas son las fotos que le duelen ver a Ricardo. Inevitablemente, cada abril, tal y como se lo dijera su abuela, repasa cada página del libro, sonríe, llora y al final lo cierra.

Su ritual, cada día que llega a su departamento, es ponerse a leer periódicos, revistas, lo que pueda. De vez en cuando sale al parque cerca de donde vive para respirar aire fresco, platicar con algunos vecinos y jugar el papel del “viejito loco” con los más pequeños de la colonia.

Cuando deambula por la ciudad se pone a pensar en qué momento todo se fue al carajo. Ve negocios cerrados que antes estaban llenos todos los días, también observa a mucha gente dormir en las calles por falta de un empleo, cuando hacía años lo que sobraba era trabajo y ve en los diarios todos los días a jóvenes detenidos por robar o transportar drogas. Lo pone triste saber que la ciudad que él ayudo a construir se carcome a ella misma, se asfixia hasta morir.

Lejanos quedaron los recuerdos de cuando ayudó a construir la avenida Kukulcán, junto con muchos otros hombres, también cuando hizo al trazo topográfico del Crucero y parte de la avenida Tulum.

Hoy solo carga sus años encima, las sonrisas las debió haber dejado en algún ropero de su pequeño estudio, porque tiene mucho tiempo desde la última vez que se rio con ganas, como quien no debe nada a nadie.

No puede evitar ver a los adolescentes, vestidos con pantalones holgados, camisas pegadas, gorras con etiquetas y lentes de sol, ni tampoco sentirse triste al escuchar hablar a niñas con un vocabulario que ni los propios albañiles de antaño se atrevían a decir. No entiende el ritmo acelerado de la gente, el estar pegado a los celulares, cosas que lo aterran.

Un día llego a la conclusión de que el mundo cambió y él se quedó muy atrás, atrapado en el tiempo, en los viejos tiempos donde aún tenía una familia.

Cancún también cambio. Lo que antes eran hombres trabajadores, con la bonanza de la ciudad, se volvieron derrochadores en alcohol, drogas, mujeres y otros excesos. Vio como en cada esquina se abría un expendio de cerveza y cómo es que estos se llenaban de hombres ansiosos cada vez que terminaban un turno de trabajo.

Si de algo se acuerda el anciano, es de la algarabía que se hacía entre los trabajadores cada vez que llegaba un camión. Solo quienes estuvieron en esos primeros días saben que los camiones además de traer comida y ropa, traían prostitutas. Más de una ocasión vio pelear a puño limpio a dos trabajadores por una mujer. En esos días Cancún era como Sodoma y él prefería gastarse el dinero que le sobraba para irse a Isla Mujeres, el lugar más cercano donde existía un poco se civilización. Se enfilaba rumbo a Puerto Juárez y desde ahí se iba en lancha los sábados en la mañana y regresaba el domingo ya cuando caía la tarde y el sol se ocultaba en el horizonte.

Un día le dijeron que podía tomar cualquier casa disponible en la Supermanzana 25. Como trabajador se había ganado el derecho de tener una casa y de crear patria en Cancún. Muy a su pesar la aceptó, pues él no esperaba quedarse en el calor apremiante del Caribe, pero también se permitió soñar en traerse a Eva y a los hijos. Cerca ya estaba la primera escuela privada de Cancún, el Itzamná, y también ya habían boutiques, donde las esposas de los patrones llegaban a arreglarse todos los días.

Esto era un gran avance, pues por fin podría dejar de irse a cortar el cabello en el Callejón de las Sirenas, donde ‘amariconados’, como él les llama, gritan desde las puertas de locales a los hombres para cortarles el cabello. “Es como esa historia griega de Argón, que es llamado por el cántico de las sirenas a su destino final”, le dijo una ocasión una de las peluqueras mientras le contaba del porqué del folclórico nombre.

En las cartas que escribía cada tercer día (salvo alguna excepción), Ricardo comenzó a tirar el anzuelo a Eva para que se viniera con los niños a Cancún, y vieran con sus propios ojos el mar azul intenso, que ellos solo veían en las escasas fotos mal reveladas que les mandaba.

Sí, él comenzó a ilusionarse. En su casita, de dos cuartos, que eligió en la Sm.25, en la calle Marañón, que en ese tiempo era la Calle 8, empezó a imaginarse como ampliar la construcción, para tener espacio para toda la familia. Poco a poco Eva comenzó a ceder y a decir que no era de Dios que un hombre con familia estuviera solo tan lejos.

Comenzaron a platicar que la gran mudanza de la familia sería en diciembre del 1985. Todo iba encaminado a que los cinco pasarían Navidad y Año Nuevo reunidos en un nuevo hogar.

 

Tormentas en la memoria

Don Ricardo llegó a ser barrendero luego de deambular muchos años en las calles de Cancún, como un pordiosero. Un día, mientras pedía limosna en el Crucero, exactamente en el mismo lugar donde varios años atrás colocó su equipo de medición, se lo encontró un antiguo empleado, que entonces trabajaba en el Ayuntamiento, y lo reconoció.

El joven, quizá por gratitud, lo convenció de tomar un trabajo de barrendero en un parque y ganarse la vida. Don Ricardo lo aceptó por dos cosas, por la confianza y por esas hambres canijas que tenía desde hacía días.

Y fue así que se rasuró en la casa del joven funcionario, se bañó, se limpió y se vio al espejo después de tantos años. Se sorprendió de las arrugas nuevas, del color claro que tenía debajo de toda la mugre y sobre todo mira la cuenca vacía de sus ojos, esos que dejaron de brillar el 19 de septiembre de 1985.

Ese día lo levantó con un sopor insoportable que era extraño en esa época del año. Eran pasadas las seis de la mañana. La señal de televisión era pésima en esa pequeña televisión Philips que tenía en la casa, por lo que no hacía el intento de ver noticias. Salió de su casa bien bañado, perfumado y con una implacable guayabera blanca. Había cambiado la oficina en el monte por un despacho sobre la avenida Nader, con muchos otros funcionarios de Fonatur.

Era un día tranquilo, hasta que comenzó a ver a gente deambulando de aquí para allá, tratando de escuchar una radio, de acercarse a una televisión. “¿Estará jugando la selección?” se preguntó, mientras mantenía el paso a su oficina.

Fue hasta que llegó a su despacho cuando se percató de las caras de espanto, de las lágrimas cayendo a raudales de algunos y de la desolación del aire cuando lo supo: terremoto en la Ciudad de México, muchos edificios caídos, un caos apocalíptico y muchos, muchos muertos.

Sin saber cómo Ricardo salió corriendo de la oficina, paso la avenida Nader sin fijarse a los lados y llegó al Edificio Madrid, donde sabía habían teléfonos, pero ya todos estaban agolpados de personas que buscaban llamar al centro del país. Desesperado, enfiló hacia el Crucero, en esas cabinas que durante mucho tiempo había evitado. Sin tomar respiro corrió como jamás lo había hecho. El cansancio no existió.

Cuando por fin llego al Crucero, en las peluquerías de la zona, donde estaban los teléfonos, había mucha gente arremolinada. A base de codazos y empujones logró llegar hasta un auricular y cuando lo tenía en las manos, sintió un golpe seco en la cara que lo tiro. Se había iniciado una pelea entre todos quienes querían marcar a sus familiares al centro del país. Ricardo no pudo más y acabo vapuleado y ensangrentado sobre una banqueta, mientras gemía de dolor. Fue en ese momento que escuchó “oye tú, ven, rápido”, y volteó a ver a un travesti, que desde una puerta lo llamaba. Como pudo se paró y se acercó.

“Si quieres un teléfono ven aquí, tenemos uno, pero rápido, antes de que vengan estos simios y destrocen todo”, le dijo el travesti.

Ricardo tomó el teléfono y marcó. Tuvo que tranquilizarse para que sus dedos dejaran de temblar y marcara el dial del aparato. Nada. No sonó, ni timbre, ni marcación de ocupado. Lo volvió a hacer y de nuevo nada. Luego lo hizo a casa de sus padres y nada. De amigos y nada. Luego de varias horas y saber cuántos intentos, entró una llamada a la casa de sus suegros. La noticia le cayó como un balde de agua fría. Desde la mañana no se sabía nada de su esposa Eva ni de los niños. Ricardo colgó el teléfono y se quedó en silencio.

Lo que vino después es algo muy confuso de recordar. Don Ricardo sabe que los trabajadores de Fonatur tuvieron vuelos a la Ciudad de México de emergencia para ver a sus familias. Él no era un funcionario tan importante, pero gracias a amistades y contactos logró viajar para el 22 de septiembre a Toluca y de ahí a la Ciudad de México. Pudo ver los escombros del edificio donde antes tenía su hogar, donde mes a mes mandaba el dinero que ganaba en Cancún a una familia que nunca supo donde quedo. Eva y los niños tuvieron una sepultura sin ataúdes. Nunca los encontraron, por más que Ricardo los buscó y removió hasta lo humanamente posible los escombros de lo que fue su casa.

Al cabo de meses, sin decir nada, abandonó la Ciudad de México y se le comenzó a ver deambulando en las calles de Cancún. Don Ricardo se perdió entre la cada vez mayor multitud de hombres y mujeres, que después del temblor, decidieron voltear a ver al sur y comenzar una nueva vida en Cancún. Ricardo se desvaneció por muchos años, hasta ese día, cuando ese joven funcionario, del que nunca recordó el nombre, lo sacó de la calle y le dio un trabajo, un motivo para levantarse cada día: barrer de las calles las hojas y flores secas, como ese murmullo perdido de primavera que surge cada abril.

cancun 2

 

*Edición: J. Reyes

Tags: Aniversario, Cancún, fundación, historia

Autor: Carlos Matus

Fotógrafo, periodista y buen amigo.  ...

Deja un comentario

Dejar de seguir a:

Aceptar
Cancelar

Seguir a:

Para poder seguir a este autor es necesario que se registre en nuestro sitio

Iniciar sesion con facebook

Colabora en Voz Abierta

¿Quieres colaborar? Deja tus datos y sube tu articulo.

Queremos escucharte

Facebook

Twitter

Youtube