Hacer del mundo una maqueta

Publicado el 28 octubre, 2016

Como casi cualquier idioma, el español estándar ofrece la posibilidad de convertir palabras (generalmente sustantivos) a la forma del diminutivo, agregándoles, según sea el caso, los sufijos -ito e –ita o –illo e -illa. En el español mexicano, dicha conversión se potencializa debido a cuestiones culturales muy arraigadas. En opinión de Ignacio Dávila Garibi, este uso se remonta a la época precortesiana, y supone la absorción, por parte del español mexicano, de una costumbre de las lenguas yutoaztecas, entre las que se cuentan el cora, el cahíta y, por supuesto, el náhuatl. Durante el dominio del Imperio mexica, dirigirse a ciertas personas a través del diminutivo de sus nombres era una muestra de educación y cortesía. En apego al relato Nican mopohua, de Antonio Valeriano, todavía en el siglo XVI Juan Diego Cuauhtlatoatzin, en lugar de llamar Tonan a la señora de Guadalupe (to-nuestra, nantli-madre), le decía, con una rodilla puesta en tierra, Tonantzin, donde -tzin subrayaba reverencia, respeto y cariño, haciendo necesaria la siguiente traducción: “nuestra madrecita”.

Hasta antes de la llegada de la literatura modernista y de la defensa a ultranza del verso libre, el diminutivo se puso en práctica, con relativa frecuencia, en la poesía novohispana. A finales del siglo XVIII, cuando el español castellano de la Colonia comenzaba a diluirse y, proporcionalmente a la inversa, empezaba la asunción del español mexicano de la era independiente, Fray Manuel Martínez de Navarrete, cuyo seudónimo era Nemoroso, escribió “Las flores de Clorila”, pieza en la que, a fin de alcanzar las entonces apreciadas rimas consonantes, se leen vocablos como “versillos”, “cancioncillas” y “obrilla”.

El diminutivo excede los márgenes de las belles lettres  y se aprecia con mayor nitidez en la pragmática del español mexicano. En el caso de los nombres propios, no hay que confundir el diminutivo con el hipocorístico. No es lo mismo utilizar cualquiera de las variantes hipocorísticas de Francisco (en la zona vascongada, Patxi; en Andalucía, Curro; en Latinoamérica, Paco o Pancho) que usar, por ejemplo, su diminutivo en sentido estricto: Francisquito. En el español mexicano la aplicación del diminutivo es más común, pues, que la del hipocorístico,(1) porque a la zaga de éste aún puede ponérsele aquél: Paquito, Panchito, etcétera.

El español mexicano también contempla y parece que prefiere el diminutivo de los nombres comunes. A los hombres de raza negra se les denomina negritos; a los coreanos, coreanitos; a los japoneses, japonesitos. A los europeos no se les alude como europeítos, quizá como consecuencia de la ratio impuesta por la Conquista, pero las cosas que han legado se vuelven pequeñas, casi diminutas, en esta lengua: cervecita, guitarrita, carrito. Desde cierto punto de vista, hablar español mexicano es como hacer del mundo una maqueta.

Tags: diminutivos, español, habla coloquial, lengua madre, origen

Autor: Francisco Gallardo Negrete

De Pénjamo. Maestro el Literatura Hispanoamericana y filósofo....

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