El día que Newton murió

Publicado el 10 noviembre, 2017

El niño intentaba alcanzar su juguete que flotaba en medio de la sala, dando pequeños saltos que su madre pudo notar cuando cruzaba hacia la cocina. Se acercó a su hijo, tomó por un momento el juguete y lo tiró a la basura, como tomándolo por algo natural.

Su esposo veía la televisión en el segundo piso, pero no quiso decirle nada, no quería que la hubiera tratado de loca. Se dedicó a servir la cena, a alistar la mesa, dejando en el centro su florero favorito. Afuera era una noche más fría que cualquiera, y las estrellas, a pesar de la claridad del cielo, no se veían. Su esposo bajó al rato, puso al niño, de sólo tres años, en la silla comedor. La cena estuvo lista y se sentaron como en una reunión seria.

 

—Estos espaguetis están de maravilla, Lorenza, créeme—el hombre masticó rápidamente y se echó a la boca la siguiente cucharada.

—Me alaga que te gusten, Rubén—la mujer hizo un gesto de aprecio y tocó el rostro de su esposo.

—Pero, por favor, pasa más servilletas porque éstas no me alcanzan para limpiarme la deliciosa salsa.

—De acuerdo.

 

La mujer fue a la sala para sacar las servilletas que tenía en uno de los cajones. Cuando se acercaba vio que la mesa de centro se elevaba paulatinamente. Ya no era normal, pensó; era mejor decirle a Rubén para que viera lo que pasaba. Se incorporó luego de pasar la mano por debajo de la mesa, y no sintió si no aire.

 

—¡Rubén, ven!

—¡¿Qué pasa mi vida?!

—¡Rápido!

 

Cuando el hombre se acercó vio que la mesa flotaba y casi tocaba el techo. No pudo decir nada por un instante, observó a su mujer y luego a la mesa; luego a su mujer y luego a la mesa.

 

—Pues… pues…

—Hace rato encontré al niño saltando para alcanzar su juguete, pero no le di importancia y lo tiré a la basura—Lorenza cogió al niño y regresó junto a su esposo a la mesa.

 

No terminaron de comer. Cogieron al niño y subieron a descansar esperando que al otro día se solucionara el asunto.

La mañana despertó despejada y sin forma. Cuando Lorenza fue a poner sus pies en el suelo, lo que sintió fue aire y vacío; Rubén se levantó por completo y fue quien se dio cuenta que la cama estaba casi pegada al techo; incluso las lámparas, la ropa y todos los accesorios de la habitación.

Como pudieron, se aferraron de la cama cautelosamente, pusieron las manos y se dejaron descolgar para que la caída no fuera tan fuerte; al caer, sintieron una fuerza que los empujaba hacia arriba, pero a pesar de ello tocaron el piso. Pasaron al cuarto de su hijo y éste si estaba pegado al techo; cogido de la cuna que también flotab,a pero ésta se estaba yendo hacia la ventana de la habitación.

 

—No entiendo nada de esto—fue lo único que pudo decir Lorenza.

 

Decidieron salir a la calle para ver qué pasaba, porque en ese momento los vecinos se reunían en la calle y comentaban con desesperación. Lorenza bajó en bata y Rubén solamente en una pantaloneta. Cuando se acercaron todos hablaban de que habían visto salir cosas por las ventanas de las casas e irse al cielo; incluso aún se veían algunas hasta ahora por la altura de las copas de los árboles.

 

—Pero son cosas pequeñas—dijo un hombre que traía una pistola entre las manos—. Les podemos disparar.

El hombre le apuntó a una escoba que ascendía pero una mujer lo detuvo, haciéndole ver que no era necesario tal acto.

—En la vida no se puede arreglar todo con armas.

 

La calle a todo lo largo y a todo lo ancho estaba vacía. Los objetos más livianos empezaron a ascender, perdiéndose en el firmamento. Las noticias registraban que un extraño fenómeno se presentaba en todo el mundo, por la cual la gente no entendía; para algunos era el fin del mundo. Rubén y Lorenza estaban extasiados, creían que era simplemente un fenómeno eventual que pasaría.

Cuando entraron, la casa se estaba desprendiendo de las columnas, resquebrajadas por las esquinas y en ella ya no se encontraba ningún objeto; vieron todas sus pertenencias subiendo al cielo, como en un acto de benevolencia y santidad. Toda la gente por la calle no hacía más que mirarse, preguntándose unos a otros qué iba a pasar con ellos.

Además, las noticias registraban el ascenso de la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad y todas las maravillas que el hombre había creado; los grandes inventos, los gobiernos, la libertad, la esclavitud, los poderes y en fin todas los utensilios con los que la humanidad se había hecho carne y hueso.

Y sólo quedaba la humanidad. ¿Qué pasaría con ella? En todo el mundo sólo había rostros de incertidumbre, rostros pueriles, rostros que apenas conocían el mundo, como si hubieran acabado de nacer. No se tocaban, no conocían, por sus cabezas no pasaba siquiera el mínimo de pensamiento. Sólo Rubén y Lorenza tuvieron una idea, idea que no iban a contarle a nadie.

 

—Es obvio que seguiremos nosotros, subiremos.

 

La gente empezó a ascender, como un Cristo. Por todas partes del cielo se veían subir, alguno que otro objeto seguía ascendiendo, pero la importancia era la humanidad, el cielo los esperaba con los brazos abiertos, los brazos extendidos se acercaban a todos ellos.

Mientras ascendían pensaban a dónde llegarían, los recibiría un Dios en los que siempre creyeron, los recibiría un Gigante, los recibiría un espacio sideral; un extraterrestre en algún planeta los albergaría. No lo sabían. Miraban hacia abajo, con frescura, viendo lo que había sido y lo que habían destruido o lo había destruido la propia tierra, esto tampoco lo sabían. Se dedicaron a mirar a lo alto, para ver que divisaban.

Mientras tanto Rubén y Lorenza se habían quedado, solitarios, no habían subido junto con la humanidad. ¿Por qué? Cuando Rubén se decidió a no subir, a seguir poblando la tierra, cogió de la mano a Lorenza y a su hijo, muy fuerte entre sus brazos, porque era el quien más se quería elevar. De alguna parte Rubén se sostuvo fuerte y del otro brazo se aferró Lorenza.

Era una raíz. La raíz, a pesar de que el árbol ya había ascendido, se había quedado sujeta a la tierra, adherida en forma de zigzag y como si el mismo diablo la estuviera cogiendo. Y de allí no se soltó Rubén ni Lorenza; porque de un momento a otro la fuerza de ascenso se había hecho más fuerte, cada vez la atracción que había habido en la tierra ahora era desde el espacio.

Y se hizo muy fuerte; muy fuerte. De repente un viento se empezó a sentir, un huracán se formó desde ese punto para hacer que los tres que faltaban subieran. Pero no, la raíz, el diablo la tenía duro y los tres eran una roca formada desde hace millones de años que no la movía nada. El huracán se rindió y empezó a esfumarse. Una calma, como si el universo se hubiera arrepentido, se empezó a sentir.

De repente una fuerza extraña empezó a halarlos, como si un imán de gran tamaño los arrastrara. Y esta vez la raíz sí se empezó a mover, la raíz fue saliendo de lo más profundo de la tierra, al punto que el diablo no pudo más y la soltó. Rubén, Lorenza y el niño salieron expelidos al cielo; la resistencia había sido inútil.

El resto de la humanidad ya había subido, por el firmamento ya no se veía nadie, ni siquiera nubes, porque éstas se habían evaporado con la fuerza. A pesar del ascenso, Rubén se mantenía sujeto a las piernas de Lorenza que sostenía fuerte al niño, el niño solamente  miraba a su madre en son de lloriqueo y risa, lloriqueo y risa, pero se mantuvo.

 

—¿A dónde habrá llegado el resto de la humanidad?—preguntó Rubén acomodando el pie en la pantorrilla de su esposa.

—No lo sé.

 

Por un momento cerraron los ojos. La fuerza intensa del imán había pasado y ahora seguían ascendiendo con suavidad, al ritmo de la muerte de Newton. El polvo había escapado, la atmósfera se cubrió de desolación y parte del espacio sideral ya se veía.

Lo inmenso de la tierra se divisaba, el sol, en su luz fulgurante, era quien ordenaba ahora. Los planetas de la vía láctea seguían en su órbita, obedeciendo al sol; sólo eso, porque ya no tenía nada ni a nadie a quien influenciar. El resto de la humanidad no se veía, ni las cosas, ni nada de lo que había habitado la tierra. Sólo quedaban las tres personas que seguían ascendiendo, con rostros de incertidumbre, sin saber hacia dónde se dirigían.

Y la incertidumbre continúa…

Tags: cuento, gravedad, Newton

Autor: Héctor Medina Castañeda

Colombiano. Tengo 33 años, me gusta la buena comida, me encanta leer sobre historia y filosofía. William Faulkner es uno de mis escritores favoritos. Me apasiona escribir lo llevo en el alma. Saber ...

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