Feminismo, parte II: Luchas y realidades

Publicado el 24 marzo, 2017

Una vez aclarados los términos [lean “Feminismo, parte I: Conceptos“, por Miguel Ángel Civeira González], debemos pasar a lo verdaderamente importante, que es demostrar por qué es necesaria una lucha específicamente dirigida a liberar a las mujeres de la opresión para alcanzar la equidad de género. Por tanto, a partir de aquí cuando hable de “feministas” y “feminismo” me estaré refiriendo al activismo militante.

1. ¡Pero si las mujeres están privilegiadas en esta sociedad!

Hay dos formas en las que las mujeres reciben un “trato especial” en nuestra sociedad. La primera deriva de la visión tradicional de los roles de género y se expresa en la caballerosidad (abrir la puerta, pagar la cena o el cine, etc.), las leyes que favorecen a las madres en caso de divorcio, la exención del servicio militar, o frases como “¡niños y mujeres primero!”. Todas vienen de la idea de que las mujeres son desvalidas por sí mismas y necesitan un hombre que las mantenga, las proteja y sirva de intermediario entre ellas y el mundo.

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Por ejemplo, la costumbre de que sea el hombre quien pague la cena viene de que tradicionalmente los hombres trabajaban y ganaban dinero, mientras que las mujeres no, o ganaban menos. El hombre debía demostrar que era capaz de mantener a la dama que cortejaba porque se asumía que ella no podría hacerlo por sí misma. Cuando se espera que la mujer no trabaje, no sólo se le protege de la dureza del mundo laboral; se le condena a encargarse del hogar o la familia (que es un trabajo titánico), se le quita la posibilidad de disponer de su propio dinero y de encontrar la realización vocacional, y se le deja expuesta al desamparo si el hombre del que depende muere o la abandona. Si todavía las leyes o la jurisprudencia favorecen a las madres en caso de divorcio, se debe a la creencia de que por naturaleza sobre ellas recae la obligación de cuidar y criar a los hijos (recuérdese que tener hijos no es sólo una hermosa experiencia: es también una chinga enorme).

Considerar que personas adultas y perfectamente capaces son desvalidas e inútiles, que necesitan de la protección del “sexo fuerte”, o que sus aptitudes y funciones se reducen al hogar y a los hijos, no es privilegiarlas: es tenerlas como menores de edad. Y como a menores de edad no sólo se les brinda protección, sino que se les quita la autonomía, se reducen sus posibilidades de acción y elección y se les coloca bajo la tutela de alguien más. Obviamente, las feministas no están a favor de nada de eso.

La otra forma en que las mujeres reciben un “trato especial” es progresista y proviene del reconocimiento de que, por el hecho de estar en una sociedad sexista, las mujeres se encuentran en desventaja frente a los hombres. Esto se expresa en políticas públicas o programas sociales, como las cuotas de género en empresas o gobiernos y la creación de espacios seguros exclusivos para mujeres. Idealmente, en un mundo no sexista estas medidas serían innecesarias. Podríamos debatir si son eficaces o no para la consecución de la equidad de género y seguramente habrá algunas que no estén muy bien concebidas o resulten contraproducentes. Pero por lo menos hay que entender la lógica detrás de ellas: no se trata de darle privilegios a las mujeres sólo por serlo, sino de darles la posibilidad para superar las dificultades que contrae el ser mujer en un mundo sexista.

Hillary Clinton and Angela Merkel —Voz Abierta

Por ejemplo, las cuotas de género. Obviamente una persona debería obtener un puesto en una empresa o un cargo público por sus cualidades y talentos. Así sería si viviéramos en una meritocracia perfecta en la que cada quien obtiene lo que merece. Pero ay, no es así. Sucede que aún persisten muchos sesgos y prejuicios. Se han hecho experimentos que demuestran que los empleadores juzgan currículos idénticos con criterios distintos si piensan que son de hombres o de mujeres, y que los profesionistas son más duros para calificar el desempeño de sus compañeras (aquí, aquí y aquí). La lógica de las cuotas es contrarrestar esta desventaja: se trata de que cada vez más mujeres tengan acceso a empleos bien pagados y espacios representativos que les permitan prosperar, como individuos y como pertenecientes a un grupo históricamente oprimido. Decir que estas medidas ponen a las mujeres en una situación privilegiada es absurdo; en el mejor de los casos lo que hacen es compensar por la desventaja en la que se encuentran.

Hay una tercera razón por la que las mujeres reciben un “trato especial” y tiene que ver con su condición biológica inevitable de hembras humanas (hablando de mujeres cisgénero, desde luego), que implican cosas como los permisos de maternidad, el acceso libre y completo a servicios de salud ginecológica y obstetra (los penes no requieren tantos cuidados; cuenten cuántas veces en su vida han necesitado ir al urólogo), las ausencias al trabajo o la escuela justificadas en caso de malestar menstrual, o el derecho exclusivo a decidir sobre la interrupción del embarazo.

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Por supuesto que sería estupendo que existieran permisos de paternidad también (como en los desarrolladísimos países del norte de Europa), pero mientras tanto es más urgente que las madres los tengan, porque ellas son las que tienen que gestar, dar a luz y amamantar, y porque no deberían perder sus ingresos ni sus posibilidades de desarrollo profesional. De nuevo: esto no es privilegiar a nadie; es simplemente procurar que seres humanos puedan cubrir sus necesidades. Exigir que se eliminen los permisos de maternidad si no los hay de paternidad (como he leído expresar a algunos antifeministas) es una culerada inexcusable: sólo perjudicaría a las mujeres y a los bebés sin ayudar a los hombres y no tiene más fundamentos que la ardidez y falta total de empatía.

2. ¡Pero los hombres también sufren!

Respuesta rápida: sí, los hombres también sufrimos por el sexismo. Se nos imponen ideas de masculinidad, junto con expectativas y deberes ligadas a ellas, que empobrecen nuestra vida emocional y muchas veces chocan con nuestras formas de ser como individuos, lo que nos lleva a la frustración y a la infelicidad. Está jodido que así como la marca de la feminidad tenga que ser lo frívolo, la marca de la virilidad tenga que ser lo brutal. La abolición de los roles de género sólo pude ser buena para todos los seres humanos, no sólo para las mujeres. ¿Y pos qué creen? Ése es uno de los puntos más importantes del feminismo.

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Mire usté, joven, el hecho de que los hombres también la pasemos mal NO es un argumento en contra del feminismo, por lo siguiente:

A. —La lucha del feminismo no sólo no está peleada con la lucha contra los estereotipos que oprimen a los varones: es complementaria. Las personas que quieran actuar contra las leyes que perjudican a los padres en caso de divorcio, o contra el servicio militar obligatorio para varones, o que quieran abogar a favor de los permisos de paternidad en el trabajo, o a favor de que se aborde con seriedad el problema de la violación hombre-hombre en las cárceles, o a favor de que haya apoyo estatal para los padres solteros… En fin, las personas que abracen estas causas no encontrarán oposición por parte del feminismo ni de las feministas, antes bien tendrían su apoyo moral, porque de lo que se trata es de combatir la desigualdad.

B. —No son las mujeres en general ni las feministas en particular las que oprimen a los hombres. Son otros hombres, y aunque sobre un género recaen estas desventajas, la dinámica no es la de la opresión por género, sino por otras estructuras de poder: clase social (ricos contra pobres); edad (adultos contra niños); razas (blancos contra minorías); u otras jerarquías (gobiernos autoritarios contra sus ciudadanos, mandos militares contra sus subordinados). Interseccionalidad, gente.

C. —Aunque la lucha por la igualdad implica lógicamente deshacerse de las inequidades que perjudican a los hombres, las feministas no están obligadas a involucrarse activamente en esa lucha. Están muy ocupadas en resolver los problemas que les afectan como mujeres y están en todo su derecho a enfocar su atención y sus fuerzas en ello. Si bien muchas feministas apoyan estas causas en sus discursos y en sus acciones, no es justo reclamar a las que decidan no hacerlo ni ello deslegitima sus propias luchas.

D. —Los hombres no están igualmente oprimidos por el sexismo que las mujeres. Muchos de los casos de opresión masculina que suelen mencionar los antifeministas se refieren a leyes muy específicas y en su mayoría en países de tercer mundo. Esto difícilmente puede ser paragonado con la opresión histórica y universal que han sufrido las mujeres. Otros tantos se refieren a prácticas generalizadas, pero ni aún así eso coloca a los hombres en una posición igual de desventajosa.

Los roles de género tradicionales implican ventajas y responsabilidades tanto para hombres como para mujeres. Sin embargo, las mujeres han estado siempre en la posición más desventajosa, pues a cambio de cierta seguridad (que por lo demás estaba supeditada a la potestad del hombre) debía renunciar a libertad, autonomía y empoderamiento. El que se considere que el hombre debe ser el proveedor del hogar pone sobre él una gran carga, pero al mismo tiempo implica que es quien puede desarrollarse en la profesión de su agrado, quien dispone de su propio dinero para usarlo como mejor le parezca, quien puede ascender a posiciones de poder en empresas o gobiernos (y cuando no, se debe a otros ejes de opresión, no al hecho de ser hombres).

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Uno de los ejemplos favoritos de los antifeministas es que en la mayoría de los países en los que aún pervive el servicio militar obligatorio y la leva para ir a la guerra, son los hombres los únicos que sufren por estas políticas. Sí, es atroz obligar a los jóvenes a ir a la guerra, y pienso que estas prácticas barbáricas deberían abolirse; de hecho, ni siquiera deberían haber guerras, ni ejércitos, ya que estamos en ello.

Pero no podemos soslayar que estas políticas de leva y reclutamiento parten de la creencia de que el hombre tiene cualidades heroicas apreciadas socialmente (y de las cuales las mujeres carecen) como la valentía, la fuerza, la habilidad para el combate y la disciplina. Sobre todo, implica para el recluta o el soldado disponer de armas, recibir entrenamiento y, si decide permanecer en las fuerzas armadas, la posibilidad de ascender en la jerarquía de una institución que goza de poder y prestigio social.1

Parecería que esas personas que hablan de lo privilegiadas que están las mujeres por no tener que servir en las fuerzas armadas se imaginan las guerras como las llevan a cabo los países del primer mundo: enviando a sus soldados a rincones lejanos mientras la población civil se queda tranquila en casa. Creo que olvidan que las guerras ocurren también en la tierra natal de los combatientes, en el mismo lugar donde viven los civiles.

 

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Ser un civil en caso de guerra implica depender de la protección de las fuerzas armadas y estar sometido a la posibilidad de que el enemigo disponga de uno sin tener la oportunidad de defenderse peleando. Ser mujer en esas sociedades significa por default ser civil y, a menos que ellas decidan tomar las armas (o sea, empoderarse), como las guerrilleras kurdas, se encuentran a merced de las fuerzas enemigas (y muchas veces, de las aliadas), y no olvidemos que es una tradición milenaria tomar a las mujeres del enemigo como botín de guerra para violación o esclavitud.

3. Pero si ya pueden votar, estudiar, trabajar, tener propiedades… ¿qué más quieren?

Se dice que en una sociedad moderna y primermundista (o de clase media para arriba en un país “en vías de desarrollo” como México) la equidad de género ya se logró y por lo tanto el feminismo carece de sentido. ¿Qué derecho fundamental no está ya incluido en las leyes de todo país que no sea una teocracia islámica o una república bananera?

[Ralph Kramden intimidando a su esposa. Casual].

Una de las cosas más importantes que hay que entender es que el cambio en las leyes no es suficiente;  las feministas también pretenden transformar la cultura. No sólo las leyes prohíben y dictan acciones: también existe la presión social. Por ejemplo, obviamente la ley no permite que un hombre golpee a su esposa, pero eso no es suficiente si muchos maridos siguen pensando que tienen ese derecho y muchas mujeres siguen aceptándolo como lo normal, si vecinos y parientes son indiferentes ante estos hechos, y si las autoridades correspondientes lo minimizan.

De poco sirve la igualdad en la ley si en las familias se sigue difundiendo la falacia de que hay actividades propias de chicas y otras propias de varones; que las niñas deben ser princesas y los niños guerreros; que lo más importante para una niña es verse bonita y ser aprobada por los varones; que la feminidad se expresa en lo frívolo o que una mujer se realiza al convertirse en madre; que los celos son prueba de amor y que a veces los novios maltratan, pero no importa si su amor es sincero; que los hombres por naturaleza son infieles y que ni pedo, hay que aguantarlo; que las mujeres a las que les gusta el sexo casual son unas zorras, mientras que los hombres que cogen mucho son unos chingones.

De poco sirve que la educación y las profesiones estén abiertas a todos si las estudiantes han aprendido que algunas carreras son para hombres y otras para mujeres; si las profesionistas no son tomadas en serio por sus colegas; si los jefes creen que tienen derecho a hacerle insinuaciones sexuales a sus empleadas y que si ellas se ofenden es por “mamonas y apretadas”; si todavía hay políticos que dicen públicamente que cuando la violación “es real” la mujer no se puede embarazar; si los electores no conciben que una mujer pueda ser buena gobernante o si los socios no creen que una mujer pueda ser una buena directora de una empresa. Las feministas luchan contra todas estas prácticas y el sistema de valores que las sostiene.

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La violación es un delito, claro, pero hace falta erradicar la cultura de la violación. Éste es un término controvertido, pues muchas personas niegan que exista tal cosa. En efecto, casi cualquier persona a la que le preguntáramos (a menos que fuera el más descarado de los patanes ultramachistas) diría que está en contra de la violación. Sin embargo, hay ciertas nociones, ciertos valores o criterios morales muy arraigados en nuestra cultura que propician que las mujeres sean victimizadas.

Se tiende a minimizar el crimen y a culpabilizar a la víctima: que si la chica se vestía de tal forma, que si era coqueta o promiscua, que si antes ya había tenido sexo con su acosador, que si le gustaba tomar o drogarse, que si se lo estaba buscando… Con estas ideas no sólo la sociedad niega empatía a las víctimas y suaviza la condena moral de los victimarios, sino que las mismas autoridades muchas veces desdeñan las denuncias. Se enarbola el peligro a que los hombres sean injustamente acusados por pérfidas mujeres; situación que sin duda sería terrible, pero que de hecho tiene una frecuencia muy baja como para justificar ese temor (aquí), basado más en concepciones misóginas que en hechos reales.

No olvidemos que hasta hace poco la violación dentro del matrimonio no estaba tipificada como delito en México. A muchos hasta les parecía absurda la idea: ¿acaso si una mujer se casó con un hombre no es porque le gusta tener con sexo con él? Pues ideas de este tipo siguen siendo muy comunes, y son precisamente el objeto de la crítica feminista.

4. Pero las feministas de hoy sólo se preocupan por tonterías frívolas

Si tu único conocimiento de lo que hacen las feministas proviene de las redes sociales, es normal que pienses así. En las redes siempre se magnifican mames estúpidos que hacen un montón de escándalo, pero que en realidad son intrascendentes, y por lo general son los antifeministas los que los magnifican y los comparten miles de veces para señalar a la feminazi loca que hizo o dijo tal cosa.

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[Feminismo según antifeminismo].

En realidad las feministas hacen muchos trabajos de gran importancia: asesoran a mujeres que sufren de violencia doméstica o acoso laboral y crean espacios donde ellas puedan discutir sus problemas en seguridad; impulsan leyes en contra de la discriminación por género o a favor de la despenalización del aborto o del reconocimiento de los derechos laborales de las madres trabajadoras; crean organizaciones para proveer a otras mujeres de servicios de salud ginecobstétrica; buscan abolir prácticas sexistas normalizadas y para ello invitan tanto a mujeres y a hombres a cuestionar ideas sexistas que tienen interiorizadas; critican y ridiculizan a las autoridades eclesiásticas que promueven valores machistas; presionan a las autoridades civiles para que presten la debida atención a los crímenes que victimizan a las mujeres: violación, prostitución forzada, feminicidio…

Claro, no todas las feministas pueden ofrecerse voluntarias para ayudar a niñas de comunidades pobres. Lo que pueden y eligen hacer es mejorar sus condiciones en su ambiente inmediato, y tienen derecho a ello. Sí, reclamar el derecho a decidir no depilarse se ve muy poco heroico junto hacer campañas contra la mutilación genital en África. Pero cada quien hace su lucha desde el medio en que le tocó vivir e incluso algo que parece tan intrascendente como la defensa del vello corporal tiene su razón de ser: va contra el doble estándar de que socialmente se le exige a las mujeres modificar su apariencia natural de formas (a veces dolorosas, e incluso peligrosas para su salud) que no se le piden a los hombres.

Es decir, incluso si una joven tiene toda la vida resuelta y su único problema es que la llaman “puta” porque le gusta el sexo casual, está en todo su derecho de tratar de cambiar esa parte de la cultura.

Por supuesto que es posible que algunas de esas causas resulten ser superfluas o absurdas, pero para emitir un juicio primero tienes que saber por lo menos de qué van, y no simplemente descartar una idea porque te parece inusual, o porque va contra lo que has sido educado para aceptar como “normal”.

5. En fin…

Es necesario combatir las injusticias que atribulan a las mujeres, desde las más sutiles hasta las más atroces. Se puede decir que toda violencia es mala o que se está a favor de la igualdad para todo mundo, pero a fin de cuentas eso no significa gran cosa. No es suficiente con desaprobar la injusticia en general, es necesario luchar contra cada forma particular. Las feministas luchan contra las injusticias que afectan a las mujeres, que les impiden liberarse de la opresión y ocupar una posición de equidad con respecto al género masculino. Yo entiendo que mi deber moral como hombre, como ser humano, es apoyarlas. ¿Cuál piensas que es el tuyo?



Notas

  1. En México existe servicio militar para los hombres. Es obligatorio, pero no para todos, pues se decide por sorteo, y cada vez tiene menos de servicio militar y más de servicio comunitario, ya que excluye entrenamiento en combate. Definitivamente, a ningún joven del SMN lo van a mandar a la guerra. Sí, es injusto y es un atavismo absurdo que debería ser eliminado, pero tampoco es terriblemente oneroso.

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Miguel Ángel Civeira González nos ofrece más reseñas, ensayos y artículos como este en su excelente blog Ego Sum Qui Sum.

 

Tags: antifeminismo, Emma Watson, feminazi, feminismo, humanismo, igualitarismo, machismo, patriarcado

Autor: Miguel Ángel Civeira González

Bloguero, escritor y friki. Miguel Ángel es licenciado en Letras Hispánicas y profesor de humanidades a nivel bachillerato. Ha publicado textos en diversas revistas y antologías, incluyendo la co...

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