“Mano de obra” de Diamela Eltit, la opresión del empleado frente a la disciplina

Publicado el 16 noviembre, 2017

Desde su primera novela, Lumpérica (1983), la narrativa de Eltit ha sido reconocida y celebrada entre la crítica chilena e internacional como un proyecto radical de neo-vanguardia. En sus libros aparecen una serie de elementos constantes: una preocupación por el cuerpo como texto y viceversa, una fuerte postura antiautoritaria, una escritura desde los márgenes sociales, la integración de sujetos que normalmente son excluidos del hacer literario, así como un deseo de problematizar lo social, lo político y lo artístico por medio de un cuestionamiento de las nociones de género (sexual y literario), clase social, ideología y discurso (Lazzara, 2002: 113).

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¿Cómo está dividida Mano de obra?

En el 2002 Diamela Eltit publica Mano de obra, una novela que trata sobre los efectos de la globalización y la economía de libre mercado en Chile, en donde los cuerpos se vuelven utilitarios y sumisos. Con respecto a su estructura, la obra se divide en dos partes: la primera consiste en exponer la subjetividad fragmentada de un empleado sin nombre, que trabajar en el supermercado para sobrevivir; soportando acosos y amenazas de los clientes y de sus supervisores. Sus miedos y sus quejas son interiorizados; se somete al sistema porque no le queda otra opción.

 

En el segundo apartado, los personajes sí tienen nombre. No sólo se mueven en la  zona del supermercado, también se desenvuelven en el espacio doméstico, el único lugar en el que pueden revelar sus sentimientos y emociones.

 

Podemos tomar Mano de obra, y compararla con los conceptos de disciplina que expone el sociólogo Michel Foucault en Vigilar y Castigar (1970). Se puede observar como el espacio disciplinario tiende a fragmentarse en tantas partes como cuerpos sean necesarios. Es preciso anular los efectos de las distribuciones indecisas, la desaparición incontrolada de los individuos, su circulación difusa. Se establecen unos lugares fijos para responder no sólo al requisito de vigilar, de romper las comunicaciones peligrosas, sino también de crear un espacio útil. (Foucault, 2003: 132).

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En segunda parte de la novela el espacio y los puestos de trabajo son más específicos, Isabel trabaja promoviendo productos, Gabriel empaquetando la compra, Sonia en la caja (posteriormente en la carnicería y en la pescadería), Pedro es guardia de seguridad, Andrés se ocupa de la paquetería y Enrique es un agente comodín que se mueve a donde se le necesite.

 

Para lograr una distribución óptima de los individuos en un espacio determinado Foucault menciona que se han creado arquitecturas con características específicas y detalladas. El sistema disciplinario perfecto consentiría a una sola mirada que pueda verlo todo invariablemente. Su objetivo central sería a la vez fuente de luz que ilumina y lugar de concordancia con todo lo que debe ser sabido. Es como un ojo al cual nada se le escapa, asimismo es el centro hacia donde se dirigen todas las miradas. Ese ojo, lo describe el empleado anónimo de Mano de obra, cuando a pesar de no ceder ante el intento de conquista de un cliente que buscaba obtener mercancía gratuita se siente observado por las estructuras del sistema disciplinario del poder:

Aunque sí, por supuesto, entiendo que detrás del tacto y la alegría que me brinda, se esconde el plan voraz de empujarme a la mirada absoluta del supervisor o la mirada más que especializada de la cámara que, con su movimiento imperturbable, recoge la singularidad de los detalles ilegales que ocurren en el super. Porque la cámara retiene la relevancia de cualquier preciso signo (incluso la menor y, aparentemente insignificante anomalía) que va a ser analizada después –en una sesión más que extenuante– por el supervisor en turno.

Así es. El supervisor en turno, con un ojo inyectado y paranoico, está obligado a permanecer frente a la cámara que detecta la certeza de un fragmento de mi debilidad (la mía, mi inaceptable debilidad) que me podría aniquilar (Eltit, 2005: 34).

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¿Cómo funciona el poder en “Mano de obra”?

En todas partes en donde existe el poder, éste también se ejerce. Nadie es titular del poder, no obstante, el poder se dirige en cierta dirección. No se sabe quién se lo apropia exactamente, pero sí se sabe quién no lo posee (Foucault, 1999: 112). El trabajador sin nombre sabe que el supervisor podría despedirlo al menor error, y aunque no se perturba ante las insinuaciones del cliente, el miedo de ser observado, de estar vigilado es permanente.

 

En el panóptico la inspección funciona todo el tiempo; la mirada está presente en todo lugar, siempre en movimiento (vigilado, en todos sus puntos). Bajo su estructura los individuos se insertan en un lugar fijo, permanentemente controlados porque cada acontecimiento sucedido está registrado.

 

Lo esencial es que el individuo se sepa vigilado; aunque esto no ocurra efectivamente. El individuo no debe saber jamás en qué momento se le observa, pero sí debe estar seguro de que siempre puede ser mirado (Foucault, 2003: 187). Porque con ayuda del panóptico los organismos de poder pueden intervenir a cada instante y la presión constante actúa incluso antes de que las faltas se cometan.

 

Los empleados en Mano de obra viven con temor de aparecer en la lista de los despedidos, por eso intentan sobrevivir haciendo su trabajo lo mejor posible. Pero en la mayoría de los casos: el salario miserable, la vida de hacinación y la falta de incentivos les provocan depresiones y problemas de salud. En algunas ocasiones se intentan cuidar las espaldas, por eso Andrés les comunica a sus amigos los chismes del supermercado y les avisa cuando alguien está en la mira de los supervisores. Andrés es la prueba del perfecto funcionamiento del panóptico. Ya no es necesario angustiar constantemente a los trabajadores con cámaras o inspectores; ellos mismos se encargan de corregir sus errores antes de que algún superior se dé cuenta.

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Más la disciplina no sólo busca controlar con espacios también desea controlar la actividad humana con respecto a su forma de emplear el tiempo. En el óptimo empleo del cuerpo se permite un buen uso del tiempo, nada debe permanecer ocioso o inútil: todo debe ser llamado a formar el soporte del acto requerido. El tiempo medido y pagado debe ser también un tiempo sin impureza ni defecto, un tiempo de buena calidad (Foucault, 2003: 140).

 

El tiempo invertido en su calidad no aparece en Mano de Obra, debido a que los supervisores son incompetentes, en lugar de optimizar la distribución de actividades para tener mayor productividad gastan fuerza laboral en corregir sus propios errores. Al contrario, cuando el ambiente de trabajo está regido por las formas de explotación laboral, el empleo del tiempo únicamente se demanda en la utilización exhaustiva. Está prohibido perder el tiempo pagado por los hombres; ya que el empleo del tiempo debe conjurar el peligro de derrocharlo, considerando esto último como una falta moral y una carencia de honradez económica. (Foucault, 2003: 142).

 

A los empleados entonces se les pide que trabajen turnos de 24 horas durante las fiestas de Navidad y Año Nuevo sin tener permiso siquiera para orinar: “14 o 16 horas en que me apego a esta mi segunda casa, con los pies completamente destrozados. Y los brazos. Cargo no sé qué porcentaje de toneladas, digo, el azúcar, los tarros, las bebidas. Y los chocolates. El pan cargo. Cargo mi ira, mi odio, mi miseria” (Eltit, 2005: 72). El trabajador se convierte en un prisionero ya que la maquinaria de poder ha hecho bien su trabajo creando sujetos vencidos y enajenados. Viven para sobrevivir sin una consciencia de sí mismos y de su entorno, por ello se someten dócilmente ante el poder.

 

Hay que resaltar que en la segunda parte de Mano de Obra, los empleados imitan el modelo disciplinario del supermercado adaptándolo a sus relaciones domésticas. Todos se vigilan entre ellos, se amenazan, conviven en una relación de amor-odio similar a la que trabajador anónimo del inicio tiene con las jerarquías dominantes del local. El poder simbólico se ejerce en ellos tan acentuadamente que son capaces de destruir cualquier manifestación considerada como “peligrosa” que pueda poner en riesgo su puesto. Por eso cuando se enteran que Alberto quería formar un sindicato (aun sin tener certeza alguna), consiguen echarlo del trabajo al igual que de la casa:

Gloria fue quien tomó la iniciativa […] Lucía muy bien. Casi bonita. Fue al supermercado y le contó todo al supervisor. El supervisor era uno de los jefes que se encerraba con el culo de Isabel en su oficina. Gloria le dijo que Alberto quería formar un sindicato. El supervisor la conocía someramente: La escuchó con expresión de espanto en su rostro. Si se descubría lo del sindicato a él lo iban a eliminar antes que a nadie. A Alberto lo despidieron esa misma mañana (Eltit, 2005: 90).

Como se mencionó anteriormente, el poder disciplinario controla hasta a los administradores, por eso el supervisor de inmediato se deshace del posible agitador,  seguramente por no tenerle que rendirle cuentas a sus superiores. Asimismo, simbólicamente el despido de Andrés se convierte en un precedente; se trata de un castigo.

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¿En qué consiste el castigo?

En cuanto al castigo, las disciplinas articulan el espacio que las leyes dejan vacío (Foucault, 2003: 164). Hacen penables las fracciones más diminutas de la conducta. “La disciplina lleva consigo una manera específica de castigar, y que no es únicamente un modelo reducido del tribunal. Lo que compete a la penalidad disciplinaria es la inobservancia, todo lo que no se ajusta a la regla, todo lo que se aleja de ella, las desviaciones” (Foucault, 2003: 166). El castigo disciplinario tiene por función reducir los descarrilamientos en el comportamiento.

 

A Sonia por ejemplo, se le castiga por llorar en el baño, por quebrarse en su puesto de trabajo. Se le manda a la carnicería primero, en donde desempeña un buen papel, pero cuando empieza a fallar por estar enferma y pierde un dedo, desciende aún más de rango y tiene que atender la pescadería.

 

La distribución según los rangos o los grados tiene un doble papel: señala las desviaciones, jerarquiza las cualidades, competencias y aptitudes; pero también castiga y recompensa. La disciplina premia por el único juego de los ascensos, permitiendo ganar rangos y puestos; castiga haciendo retroceder y degradando. El rango por sí mismo equivale a recompensa o castigo (Foucault, 2003: 167).

 

Medir en términos cuantitativos y jerarquizar en términos de valor las capacidades, el nivel, la “naturaleza” de los individuos. Hacer que juegue, a través de esta medida “valorizante”, la coacción de una conformidad que realizar. […] La penalidad perfecta que atraviesa todos los puntos, y controla todos los instantes de las instituciones disciplinarias, compara, diferencia, jerarquiza, homogeiniza, excluye. En una palabra, normaliza (Foucault, 2003: 170).

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Con la imagen del supermercado Diamela Eltit habla de ese capitalismo desregulado: del trabajo alienante y el consumismo desaforado. Todos son enemigos: los trabajadores y los consumidores, los consumidores a su vez se repudian entre ellos y lo mismo sucede con los empleados que están a la espera de un error de sus compañeros para quitarles el puesto. La disciplina únicamente sujeta a estos últimos desde un odio no encausado. Por eso Eltit elige al supermercado como símbolo y síntoma del Chile de fines del siglo XX. Un país en el cual los trabajadores y consumidores están tan enajenados que han perdido una de sus capacidades más elementales: el pensamiento (Urzúa, 2013).

 

Sin bien, los títulos de los primeros capítulos remiten a movimientos sociales, estos son ironizados o cuestionados, pues el empleado anónimo no logra salir victorioso, es más, jamás pone resistencia ante el yugo del poder disciplinario. Tal vez como a manera de premonición, “Puro Chile” puede representar la caída del gobierno de Allende, pero también engloba la caída de los empleados.

 

Sólo hasta que son despedidos los sujetos dejan de percibirse como asalariados, como una categoría creada por el supermercado/Estado para definirlos, controlarlos y limitarlos. Puede ser que la problemática para encontrar una forma de resistencia adecuada no se resuelva, ya que como afirma Foucault, aún seguimos sin saber qué es el poder (Foucault, 1999: 111). La incógnita a las preguntas: ¿quién ejerce el poder? y ¿cómo puede derrocarse si no se sabe a quién atribuírselo? Permanecen sin respuesta.

 

Sin embargo, sí se pueden lograr cambios, si se concentra la resistencia en un objetivo que pueda ser ubicable en un espacio social e histórico determinado. En el caso de Mano de obra, Gabriel representa a ese sujeto que se da cuenta que para cambiar el orden, para subvertirlo primero hay que quererse como personas, apelando a la humanización y dejando atrás la degradación. Al hacerse consciente de su marginalidad, Gabriel también siente rabia contra la sociedad de su país porque no pertenece a una clase definida y tampoco posee una historia que lo identifique. Finalmente, él les aconseja a sus compañeros darle vuelta a la página, pues habrá otros que tomen sus puestos en el supermercado, otra mano de obra que el sistema ahora explotará.


Bibliografía:

  1. Eltit, Diamela, 2005, Mano de obra, Chile, Grupo Editorial Planeta.
  2. Lazzara, Michael J., 2002, Los años de silencio. Conversaciones con narradores chilenos que escribieron bajo dictadura, Chile, Editorial Cuarto Propio, 2002.
  3. Foucault, Michel, 2003, Vigilar y castigar: nacimiento de la prisión, Aureliano Garzón (trad.), Argentina, Siglo XXI Editores.
  4. Foucault, Michel, 1999, Estrategias de poder, Julio Varela, et al. (trad.), Ediciones Paidós, España.
  5. Ursúa de la Sotta, Andrés, 2013 “La resistencia vencida de Mano de Obra de Diamela Eltit”, disponible en: http://letras.s5.com/delt250413.html (consultado el: 09/06/2014)

Tags: capitalismo destructivo, Diamela Eltit, disciplina, literatura chilena, Mano de Obra, Michel Foucault, Vigilar y Castigar

Autor: Alma Chacón Lizarraga

Todóloga de la nada, cinta negra en opinar sobre nimiedades. Amante de la lucha, las artes marciales mixtas, el country, los cómics y el alcohol barato. Escribo porque no pude ser azafata, escribo p...

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