Maravillosa derrota

Publicado el 4 septiembre, 2017

Te asemejabas a una pequeña buda, bajo esos guayacanes, en la tarde de abril que te conocí.

Tu pequeño y justo vestido negro hacía reafirmar tu silueta, y lo demás dejabas lo dejabas al viento; iluminada con esa luz de los abriles, que llena de tanto color dorado a las cosas, posicionaste tu mirada en mí y yo solo baje mis ojos, y los desvié hasta que tuviera el valor de saber siquiera qué palabras saldrían de mis labios. Me cohibiste y me recordaste lo inmaduro que aún era, aferrando la cámara en mis manos, como medida de protección y separación entre la realidad y la fantasía de ver tus ojos negros como zafiros, refulgiendo desde la cuenca de tu mirada en constante mutación.

Cuando me hablaste, ya no supe de mí, fue algo instantáneo, sí, es cursi mi versión, pero así es como comenzó mi historia a tu lado, como una cursilería y tú lo sabías. Si no no te hubieses presentado como una damisela en aprietos para convencerme de que te acompañara a tu departamento, por que no querías ir de regreso tú sola (para ser sincero, desde el comienzo ya sabía que quería ir a donde tú quisieras), por lo menos esa noche.

Decidí abrirme a tus pies. Me encantaste desde el comienzo, el viaje de ida a tu departamento fue una serie de anécdotas y risas, preguntas y cuestionamientos, en ese momento no me percataba de lo escuetas que eran tus respuestas, las disimulabas perfectamente con tu sonrisa que llenaba todo el vacío de tus labios, y tu mirada acababa por ser la técnica de convencimiento de la sinceridad de tu alma.

Corrimos como niños en las escaleras del condominio, de fondo se escuchaban las voces molestas de tus vecinos por el ruido que hacíamos, pero tú te carcajeabas, parecías una niña haciendo una travesura, como si de repente recordaras lo que era reírse y no quisieras dejarlo de hacer, mientras esa lámpara parpadeaba y chorreaba gotas de luz.

Te miraba de espaldas y como un embrujo te seguí, quise tomarte de la cintura, no quería dejarte, pero tú tampoco me dabas muestra de qué era lo correcto que debía de seguir. Recuerdo que en ese momento tenía ganas de decirte “puedo pasar…”, pero no sabía si mi petición era demasiado. Tú me jalaste y me besaste, y de repente ya sabía que era lo que pasaría. Nos aferramos en besos y caricias, como dos amantes después de muchos años de no verse, reconociendo nuestros cuerpos, descubriendo caminos, abriendo mundos a nuestros pies, profundidades y corazones sin querer.

Pasamos de nuestro dolor, y lo convertimos en placer, nuestros cuerpos eran como las hojas del viento meciéndose al ritmo natural de nuestra respiración, gimiendo, arañando, mordiendo, marcándonos en veredas inexploradas. No hubo cansancio, no hubo tiempo de duda, solo hubo fe de que lo que hacíamos era lo que teníamos que haber hecho durante toda una vida.

Sentí entrar tu profundidad mientras tú me mirabas directamente a los ojos. No aparte la mirada. Si yo penetraba tu hendidura, tú con tu mirada entrabas en mi alma. Conquistabas corazones, y destruías el dolor por el pasado. Fui río fluyendo; tú, mar recibiendo hasta quedarnos profundamente dormidos uno encima del otro, lo demás fue cielo abriendo paso a la luz y la piedad, de poco en poco hasta la llegada del sol tirano del amanecer.

Al amanecer…

Tomabas el café frente a tu ventana, con una ligera camisa suelta color blanco y el sol de mientras marcaba a contra luz tu delicada silueta. Mi cámara reposaba a tu lado, imagine que si la hubiese tenido en las mías te hubiera capturado en ese instante, una luz celestial te rodeaba y no parecía que fuera casualidad que tu cabello recogido dejara ver ese pequeño tatuaje que tenias en el cuello oculto. Mariposas y estrellas, no pude dejar de pensar en la mística de la representación que habías elegido.

Tu mirada se perdía en la inmensidad de la ciudad y el ruido ensordecedor de un miércoles por la mañana se colaba por las cortinas, que volaban al ritmo del viento. Me levanté, queriendo no hacer ruido para no perturbarte, pero sentado en el borde de tu cama no supe que era lo que seguía. En ese instante me pasó por la mente el hecho de que quizás tú pensabas lo mismo, qué demonios sigue después de una noche como la que acabamos de pasar, dicho de otra manera, ¿en qué nos habíamos convertido dos extraños en un par de horas de desasosiego y de abandono?

Eras por mucho más de lo que yo hubiese podido esperar encontrar en una mujer, ni en mis mejores sueños había pensado en toparme con alguien como tú. Tire una pequeña sonrisa mientras decía en voz baja, casi imperceptible, “pequeño bastardo”.

-“¿Qué vas a hacer de desayunar?”, preguntaste casi como una imposición, mientras apretabas la taza en tu mano y mordías tu labio inferior observándome directamente. Sabía que tú ya habías tomado tu decisión, y sí, en ese momento yo igual decidí quedarme a tu lado.

-“Huevos rancheros”, dije mientras te levantaba al aire y soltábamos una carcajeada que liberaba toda la tensión en el aire.

No fue la frase más romántica, ni la respuesta más especifica, pero fue el intercambio de palabras justas para expresar lo que sentíamos, sin decirlo abiertamente.

Tags: escritura creativa, Relato, Romance

Autor: Carlos Matus

Fotógrafo, periodista y buen amigo.  ...

Deja un comentario

Dejar de seguir a:

Aceptar
Cancelar

Seguir a:

Para poder seguir a este autor es necesario que se registre en nuestro sitio

Iniciar sesion con facebook

Colabora en Voz Abierta

¿Quieres colaborar? Deja tus datos y sube tu articulo.

Queremos escucharte

Facebook

Twitter

Youtube