Cinco vías para la demostración racional del origen del ajedrez

Publicado el 12 diciembre, 2016

Como no sé jugarlo o, mejor dicho, como sé jugarlo pero no hay partidas peores que las mías, el interés que siento por el ajedrez es netamente histórico. Siempre me ha intrigado saber cómo las civilizaciones primitivas concibieron, en medio de su incesante batalla contra el ocio, una actividad recreativa que combinase, cincuenta a cincuenta, la destreza cerebral y la práctica social. Por lo demás, dado que nunca he emprendido una investigación seria y sistemática al respecto, no me queda claro cuáles fueron su origen y su evolución. No obstante, hay varias teorías por las que me inclino y que compendio en las siguientes líneas, sin mayor afán que el de ofrecer una visión panorámica y parafrasear a Tomás de Aquino en sus “Cinco vías para la demostración racional de la existencia de Dios”.

 

Teorías del origen del ajedrez

Es probable, en primer lugar, que el ajedrez provenga de tierras remotas, quizá del Oriente más lejano, y que sea heredero directo de un antiquísimo juego asiático denominado Go. Los chinos y los nipones solían jugarlo con fichas negras y blancas, absolutamente todas circulares, privilegiando los colores en vez de las formas. Como dato curioso, existe una novela de Yasunari Kawabata, El maestro de Go, que cuenta el enfrentamiento entre un jugador experimentado, Honinbo Shusai, y su joven discípulo, Otake; los dos personajes pasan, sin contar los recesos para comer y realizar cada una de sus apremiantes necesidades fisiológicas, seis largos meses sentados, con la mirada absorta en el tablero.

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Ahora bien, hay dos teorías más, una histórica y otra mítica, que presentan un contraste interesantísimo. Por un lado, Heródoto refiere, en Los nueve libros de la historia, que los lidios, a fin de paliar los padecimientos de la sequía y de la hambruna que azotaban a la región de Anatolia, lo inventaron durante el reinado de Atis; por otro, algunos mitógrafos griegos afirman que Odiseo, el mismo que participó en la Guerra de Troya y que emprendió un arriesgado viaje marítimo desde la Isla de la Ninfa Calipso hasta Ítaca, descubrió sus reglas, como si hubieran estado escondidas en los resquicios de la naturaleza; y que luego las transmitió con precisión y generosidad al resto de los mortales. Una cuarta teoría asegura que un paladín catalán, en el transcurso de la Baja Edad Media, recorrió el mundo tratando de encontrar la mejor manera de distraer la mente, de erradicar los pensamientos negativos y recurrentes que anidaban en las cabezas desocupadas.

La quinta teoría, la que prefiero, a decir verdad, la expone Jacobo de Cessolis en su maravilloso estudio El juego del ajedrez o dechado de fortuna, donde sostiene que el ajedrez lo alumbró el cerebro delirante de Jerjes I, rey de Persia, y que a partir de entonces fue el pasatiempo predilecto de la nobleza. Por eso lo jugaron Carlomagno y Alfonso X de Castilla, apodado El Sabio; también Napoleón Bonaparte y la mayoría de los caudillos y estadistas contemporáneos, incluyendo al Che Guevara. Comparándolo con un campo de batalla espartano o con un antiguo laberinto minoico, el ajedrez es una representación a escala de los conflictos bélicos y de la lucha del hombre por encontrarse a sí mismo.

Es imposible, pues, decantarse por una única teoría y rechazar a las demás. En cualquier caso, las disertaciones sobre el origen del ajedrez comparten su límite con las “Cinco vías para la demostración racional de la existencia de Dios”, de Tomás de Aquino. En cuanto a Dios y al ajedrez, quiero decir, no se puede conocer el principio, sino sólo sospecharlo, acaso intuirlo. Jorge Luis Borges, en su poema “El ajedrez”, lo hace notar cuando apunta en los últimos tres versos que “Dios mueve al jugador, y éste, la pieza. / ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza / de polvo y tiempo y sueño y agonía?”

Tags: ajedrez, historia mítica, origen del juego

Autor: Francisco Gallardo Negrete

De Pénjamo. Maestro el Literatura Hispanoamericana y filósofo....

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