Y Dios creó al simio a su imagen y semejanza. Análisis de El Planeta de los Simios

Publicado el 21 agosto, 2017

«Cuidaos de la bestia humana, pues él es el peón del Demonio. Entre los primates de Dios, sólo él mata por deporte, o por lujuria, o codicia. Sí, él asesinará a su hermano para poseer su tierra. No lo dejéis crecer en grandes números, pues hará un desierto de su hogar y del vuestro. ¡Repudiadlo! Regresadlo a su madriguera en la selva, pues él es el portador de la muerte.» —Pergamino Sagrado de los Simios.

Mil novecientos sesenta y ocho. ¡Vaya año! No todos los años sucede una serie de acontecimientos que cambian el mundo. Y no todos los años aparecen clásicos inolvidables del cine en sus géneros fantásticos: 2001: Odisea del EspacioBarbarella: Reina de la GalaxiaEl Bebé de RosemaryLa Noche de los Muertos Vivientes… y, por supuesto, El Planeta de los Simios.

Una de las mejores cintas de ciencia ficción de todos los tiempos (yo la pondría entre las 10 primeras, por lo menos) y una de mis películas favoritas de toda la vida, El Planeta de los Simios se convirtió en un clásico instantáneo que engendró 4 secuelas, dos series de TV, varias series de cómics, un refrito y un reboot que sigue sorprendiéndonos. Aprovechando que la tercera entrega de la nueva saga está cosechando elogios y millones de dólares alrededor del mundo, adentrémonos en la obra maestra que lo originó todo.

¿Qué tiene de especial esta película? ¿Qué nos ha fascinado tanto de ella como para que sigamos tratando de contar y reinterpretar esa misma historia logrando, en el mejor de los casos, sólo algún ejercicio interesante?

Originalmente se basa en una novela del francés Pierre Boulle (1912-1994), también autor de otra obra que engendró un clásico del cine hollywoodense: El puente sobre el río Kwai. Publicada en 1963, El Planeta de los Simios es más una sátira social al estilo de Los viajes de Gulliver que una obra de ciencia ficción dura.

Su fama ha sido superada de manera incalculable por la película clásica que la adaptó. El director es Franklin J. Schaffner (1920-1989), responsable de otros clásicos como la multipremiada Patton y Los niños del Brasil. Un enorme Charlton Heston (1923-2008), ya con Ben-Hur y Los diez mandamientos en su carrera, estelariza la cinta junto a un reparto de excelentes aunque poco conocidos actores: Maurice Evans, Kim Hunter, Roddy McDowall y Linda Harrison.

El guión pasó por varias manos antes de obtener su forma final, bastante diferente en tono y forma a la novela francesa. Esa forma final se la debemos nada menos que al genio del guionista Rod Serling (1924-1975), figura señera de la ciencia ficción y creador de La Dimensión Desconocida. Él tuvo que adaptar la historia de Boulle a un proyecto de relativamente bajo presupuesto y fue él quien ideó el inolvidable final de la película, uno de los momentos más impactantes de la historia del cine.

Con este equipo no podría surgir otra cosa que un clásico. Sucede que El Planeta de los Simios es una historia que habla de la naturaleza humana, de sus aspectos más oscuros y despreciables, aquéllos que tratamos de ocultar, negar y reprimir. Y es que al final, el Planeta de los Simios no orbita en una galaxia lejana, ni en una dimensión paralela: es nuestro mundo. Nosotros somos los simios que juegan a ser dioses.

Advertencia, por si alguno de ustedes no ha visto esta joya: SPOILERS AHEAD!

¿Qué se puede decir de esta película? Cuando parecía ser un churro de serie B, se convirtió en un gran clásico, un precioso ejemplo de la magia del cine, gracias al trabajo de dirección, a las soberbias actuaciones, el creativo diseño de producción, los memorables personajes muy bien escritos y diseñados y, sobre todo, excelentes diálogos cargados de inquietudes filosóficas que siguen poniéndonos la carne de gallina. En efecto, pocas películas han legado a la posteridad tantas citas célebres de tal fuerza, como cuando un cansado astronauta George Taylor (Heston) dice más para sí mismo que para la posteridad:

“Díganme, sin embargo: el hombre, esa maravilla del universo, esa gloriosa paradoja que me envió a las estrellas, ¿aún hace la guerra contra su hermano y deja que los hijos de su prójimo mueran de hambre?”

Taylor, el personaje principal, es un hombre cínico y misántropo que se ofrece como voluntario para un viaje interestelar del que sabe que nunca regresará, por dos razones: 1) nada lo ata en la Tierra, pues odia a todos y todo; 2) cree que “allá afuera” tiene que existir algo mejor que el hombre. Taylor está ahí para recordar a sus dos compañeros la futilidad de la vida y de todos los esfuerzos humanos. La carcajada demencial que se echa cuando otro de los astronautas enarbola la bandera estadounidense para reclamar el planeta recién conquistado da cuenta de todo ello. Izar la banderita es un gesto inútil en honor a una nación que para esos años ya había dejado de existir, una bravata estúpida de colonización o conquista por un hombre que tiene poder alguno en el mundo al que acaba de llegar.

Otro gran personaje es la Doctora Zira, interpretada por Kim Hunter. Zira es una mujer chimpancé inteligente y valerosa. Cornelius, interpretado por Roddy McDowell, es un buen personaje también, pero es Zira quien lleva los pantalones, luchando osadamente contra cualquier obstáculo que le estorbe para alcanzar el conocimiento y la justicia. Es como una Marie Curie de los simios.

Pero sin duda quien se roba la película es el Dr. Zaius, interpretado magistralmente por Maurice Evans. El Dr. Zaius es un orangután, la élite de la sociedad simia, en la que ocupa el cargo de Ministro de Ciencia y Defensor de la Fe, pues “no hay conflicto entre la fe y la ciencia… la verdadera ciencia”. Como todo en esta película, el papel del Dr. Zaius cambia de significado cuando se ve por segunda vez, ya conociendo la tremenda revelación final. En una primera impresión, Zaius parecería el villano de la historia, un orangután fanático, intolerante y retrógrado, cuyas acciones están encaminadas a obstaculizar el conocimiento de la verdad y a esclavizar o destruir a Taylor.

Cuando vemos la película por segunda vez, entonces nos damos cuenta de lo profundo y complejo que es el personaje de Zaius. Su misión es la más difícil: conociendo la verdad acerca del origen de su mundo, debe mantenerla en secreto para preservar su sociedad y erigirse como Defensor de la Fe. Zaius, el único que conoce la terrible verdad, se encuentra completamente solo, esperando con temor el regreso de la criatura que convirtió “un paraíso en un desierto”. Lejos de ser un malvado, hace lo que hace para proteger su mundo y su forma de vida. Incluso con Zira y Cornelius es compasivo y condescendiente, y antes de querer hacerles daño, trata de disuadirlos de continuar sus investigaciones.

“Toda mi vida he esperado tu llegada, y la he temido. Es verdad: siempre supe sobre el hombre. Por la evidencia, creo que su inteligencia camina lado a lado con su estupidez. Sus emociones rigen su cerebro. Necesita ser una criatura belicosa que haga la guerra contra todo lo que le rodea, incluso contra sí mismo.”

El conflicto entre religión y ciencia, entre el dogma incuestionable y la búsqueda libre del conocimiento, es uno de los temas principales de esta obra. El proceso inquisitorial al que lo orangutanes someten a Taylor, las escenas en los templos, la imaginería religiosa, las descaradas falacias argumentales con las que los guardianes de la fe racionalizan sus creencias incluso cuando las evidencias las desmienten, son reflejo y advertencia contra el fanatismo.

El Planeta de los Simios es, ante todo, una lección de humildad. La fortaleza de las imágenes de los humanos siendo enjaulados, maltratados y disecados por los simios nos coloca en una posición de inferioridad que nos obliga a vernos en los otros animales, pero también en las personas que a lo largo de los siglos hemos deshumanizado, tales como las minorías raciales y los pueblos sojuzgados por el colonialismo. Especismo, racismo, explotación inhumana de los seres vivos por motivos económicos o por curiosidad científica, o por simple crueldad y desdén hacia el otro. Y nos vemos reflejados, como en un espejo, en la sociedad de los simios, como un montón de animalitos que usan ropa y adoran a un Dios, al que imaginan tal y como ellos, por lo cual se sienten superiores a todas las otras criaturas de la creación.

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Pero con todo, los simios crean una sociedad más justa y pacífica que la humana: ellos no se matan, explotan o esclavizan entre sí; ellos no devastan la tierra en un lunático impulso por satisfacer una codicia insaciable. Simio no mata simio es el primer mandamiento, y uno que se cumple a cabalidad.

Viendo por segunda vez esta película, uno comparte el temor de Zaius ante la presencia de Taylor, y comparte el dolor, la frustración de Taylor cuando descubre la verdad: nosotros lo hicimos, destruimos nuestro mundo, y por ello merecemos descender y volver a la selva como animales. Quizá otra especie lo haga mejor…

No es casualidad que la Estatua de la Libertad haya sido escogida como símbolo para el final de la cinta. Ver este ícono del orgullo yanqui reducido a herrumbre debió ser un shock para el público de la época: significaba la pérdida de todos los supuestos logros y avances de la civilización, convertidos en cenizas por la misma brutalidad humana.

He visto, más de una vez, todas las películas de El Planeta de los Simios y leído varios de los cómics. Hay de todo entre ellos, cosas buenas, cosas malas, cosas interesantes y muy a menudo cosas muy extrañas. Recomiendo enfáticamente la original de 1968 y la nueva trilogía que acaba de concluir con War for the Planet of the Apes. Si son frikis, interesados en la ciencia ficción o amantes de lo extraño, les recomiendo todas las demás (sí, incluyendo la de Tim Burton).

Después de tal recorrido veo a la humanidad y a nuestra relación con el naturaleza de una forma distinta. Cuando miro mis propias manos, no veo el producto de una fuerza divina que me haya separado y puesto por encima de las bestias de la tierra, sino que veo la humildad de mi origen y me recuerda mi lugar como parte del mundo natural.


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Miguel Ángel Civeira González nos ofrece más reseñas, ensayos y artículos como este en su excelente blog Ego Sum Qui Sum.

Tags: Charlton Heston, Planet of the Apes

Autor: Miguel Ángel Civeira González

Bloguero, escritor y friki. Miguel Ángel es licenciado en Letras Hispánicas y profesor de humanidades a nivel bachillerato. Ha publicado textos en diversas revistas y antologías, incluyendo la co...

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