¿Qué se siente escuchar a Bob Dylan?

Publicado el 15 octubre, 2016

Como las artes más finas, como las obras más sublimes, como el buen vino. A Bob Dylan hay que aprender a apreciarlo. Su compleja simplicidad no es accesible de reojo.

El gran universo dylaniano. Tal vez uno no se sumerge en la obra del poeta a menos que algún gurú nos tome de la mano, ya sea un tío ex-hippie o John Lennon. Tal vez uno se enfrenta a Dylan porque todos los músicos que admiras, todos, lo nombran como influencia primaria. Tal vez uno lee noticias acerca de académicos y universitarios que indagan en sus letras. Tal vez porque uno lee sus decenas de frases célebres en las redes sociales. O tal vez porque se le considera un “obligatorio” de esos que jamás suenan en la radio y hay que hacer la tarea por cultura general. Tarde o temprano uno tendrá algún acercamiento, probablemente involuntario, con el mito que representa Robert Allen Zimmerman.

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John approves.

Descubrir a Dylan siendo un adolescente se siente como una revelación. Es una sensación similar a la de entrar a la cámara interna del castillo de Chichén-Itzá por primera vez. Tocamos a las puertas de una entidad eterna y antigua que se nos expone, es un ritual similar por el que han pasado infinidad de mentes hambrientas.

El joven Bob conecta inmediatamente con la psique del también imberbe testigo y el efecto perdura hasta que se torna entrecano. Ambos. Esa voz de viejo que proviene de un joven delgado de rasgos hebreos y maneras chaplinezcas que habla de los horrores de la guerra, de sueños psicodélicos post-apocalípticos o del rompimiento de los paradigmas de mis papás te convierte en adulto un poco más rápido.

A la par de Homero y los bardos celtas, con fábulas impregnadas de ilustraciones surreales, situaciones chuscas de personajes estrambóticos, odas a la libertad y a la paz, epopeyas poetizadas al estilo Rimbaud o con crónicas periodísticas de injusticia social, Zimmy, como él mismo se nombra, te habla a ti. No a nosotros; a ti.

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Con una pizca de dramatismo, uno se siente en clara y absoluta desventaja intelectual o académica cuando nos vemos desmenuzando las frases que escribió alguien siendo mucho más joven que nosotros. ¿Cómo diablos alguien a tan corta edad puede escribir palabras tan inamovibles?

Misterioso y hermético. Parco en su hablar. Sarcástico y creativo. Guía espiritual involuntario. Elevado a las alturas de los dioses como zepelín, Dylan no busca agradar ni posee pretensiones insulsas. Aeda de lentes oscuros y atmósfera canábicamente bohemia, inventa el disfraz perfecto del poeta maldito / mesías / librepensador / rapsodo / estrella de rock. «Quiero ser Bob Dylan» cantan los Counting Crows; yo uso anteojos Ray-Ban en su honor.

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Quien le de la espalda a la obra de Roberto por poseer una voz poco convencional, sufrirá las mismas consecuencias de quien cierre las hojas de El nombre de la rosa de Eco por contar al principio con demasiadas descripciones arquitectónicas “aburridas”: se privará de una obra de arte por razones meramente superficiales de carácter subjetivo y pseudo-estético. Si lo único que se busca en la música es una interpretación vocal convencional entonces Celine Dion, Sinatra o Luis Miguel bastarán. Dylan es un poderoso vocalista que transmite su mensaje a través de otro tipo de expresiones (sobre) humanas que van mas allá de finas tesituras, vibratos, dos de pecho y piruetas vocales de radio FM. Tan es así que las canciones de Dylan, interpretadas por hábiles músicos como Johnny Cash, Eric Clapton, Adele, Rolling Stones o Guns’n Roses adquieren dimensiones ambivalentes: enriquecidas en instrumentaciones pero disminuidas en el impacto del mensaje. Así de importante es su voz.

Sentarse en una butaca para ser testigo de las reinterpretaciones que el auto-bautizado Jack Frost hace de sus trabajos se siente como un ritual milenario donde el chamán transmitirá conocimientos prehistóricos a sus pupilos; se siente como estar ante la Sagrada Familia de Gaudí en Barcelona. Todos contenemos el aliento cuando aparece en el altar el doble de Vincent Price versión trovador. «Come gather ‘round people wherever you roam», nos pide Dylan. Aquí casi no hay gritos ni se “roquea”. Todos escuchan.

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Vincent. Bob.

Aquí no hay pantallas gigantes, láseres o explosiones escénicas. No se necesitan. Bob Dylan ganó el premio Nobel de literatura y esto ha sido sacrílego para muchos, polémico para otros. También sacrílegas se han considerado a las críticas por dicha premiación. En el gran universo dylaniano, las condecoraciones y reconocimientos siempre han sido una constante sin importancia. Hasta molesta y estorbosa. Ya sea una medalla presidencial o un Oscar, para él, quien todo lo ha ganado, lo único importante es la combinación de “tres acordes y la verdad”.

¿Qué se siente?
¿Qué se siente escuchar a Bob Dylan?
Mr. Tambourine Man te espera.
Mr. Jones aguarda.

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  • #BobDylan #NobelPrize #OhSurprise” —Por Addy Góngora Basterra. Merida: Diario de Yucatán, 15 de octubre de 2016.
    «Aunque la polémica de Dylan está en el ambiente, la distinción que hace la academia sueca nos dice lo que ya sabemos: hay canciones que son poesía.»

Tags: Adele, Bob Dylan, Eric Clapton, Guns'n Roses, John Lennon, Johnny Cash, Premio Nobel de literatura, Rolling Stones

Autor: Edgar Rivas

Humanista, melómano y amante del buen cine...

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