Mi vida después de Tom Waits “Closing Time”

Publicado el 17 marzo, 2017

Si se tiene suerte, uno avanza por la vida acumulando experiencias y etiquetándole canciones a cada etapa para después revisitarlas cada que esas notas entran a nuestros oídos y traen de vuelta esos olores, ese clima, ese cielo nocturno, esa luna abrigada con aquellas oscuras nubes que siempre cumplían sus amenazas de lluvia, y después; incluso uno se puede atrever a formular una especie de historia para tratar de hacer sentir a otros las mismas emociones que esas canciones desatan en nosotros, para al final vernos tropezando con nuestras propias palabras en un espectáculo un tanto gracioso, hasta que aburrimos a la otra persona y nos obligan a cambiar el tema.

Cada que intento describir lo que siento cuando escucho a Tom Waits me desespero: primero me parece que mi modesto vocabulario no me alcanza, después tengo que decidir de “cuál Tom Waits” quiero hablar y al final la parte más difícil llega cuando no sé elegir con exactitud con cuál álbum voy a argumentar mi vieja idea de que este señor es un artista increíble. Su obra musical se vuelve enorme cuando se intenta reducirlo a un álbum o canción (o etapa) y siempre quedan ganas de agregar “… pero, en su siguiente disco…”

La música de Tom Waits es uno de mis más preciados refugios, de mis más recurrentes bandas sonoras, de los artistas que no escucho con cualquiera, de los que secretamente me hacen cambiar de opinión de alguien que dice “pues, la verdad no me gustó”, y es que con él me convencí de que hay artistas allá afuera escribiendo música que sólo alguien igual a ti lo puede entender, y creo que Tom Waits es “el mío”, si es que eso tiene algún sentido.

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Su álbum debut, Closing Time, se publicó en marzo de 1973 y aún en estos días lo escucho y me siento en The Troubador a punto de cerrar, con el ambiente coloreado por el humo de los cigarros y las conversaciones de borrachos trasnochados interrumpidos con el “one, two, three, four” que marca el compás de “Ol’ 55“, segundos antes de escuchar los primeros acordes de ese piano que suena a la luz de la luna irrumpiendo en el local y acompañando los últimos tragos. Me imagino sentado en una mesa sucia mientras que el bullicio en el bar disminuye cada que alguien se siente identificado o conmovido con las canciones que ese hombrecillo está tocando cuando la hora de cerrar está muy cerca.

Mi fervor por el álbum debut de Tom Waits empezó mucho después de la primera vez que lo escuché, mis inicios en su música se dieron con sus discos posteriores y fui de esos que se llevó la gran sorpresa cuando descubrió que al principio su voz no era aguardientosa, su estilo no era el “clang-bang-boom”; el jazz y el folk eran su carta de presentación y de ahí partía para contarte historias de corazones heridos, sueños rotos, amores intensos y entregados, triunfos y derrotas, dejándote siempre la gran interrogante de si serán autobiográficas o el lugar donde la ficción y la realidad se fusionan hasta perder sus bordes. Yo empecé a amarlo profundamente casi al inicio del año 2009, sin planearlo y casi por accidente, un día de muchas alegrías me subí a un autobús y apareció “Ol’ 55” en mis audífonos, e inmediatamente la hice la banda sonora de mis días exitosos, pude saborear cada palabra y adueñarme de ellas, después de ese día me gustaba repetir esa canción muchas veces a lo largo del día y al poco tiempo era el disco completo.

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No puedo hablar del impacto que tiene un álbum de Tom Waits en mí sin hablar de lo que ocurría conmigo en esa época; cuando ese 2009 empezó yo no tenía idea de que sería un año muy solitario para mí, poco a poco perdí contacto con mis viejos amigos, esos que conocía desde que era niño y que ahora ya empezaban a formar familias. Mi “situación sentimental” llevaba varios años prácticamente en el limbo y no cambió por mucho tiempo, las fiestas épicas y los viajes grupales fueron sustituidos por largas caminatas en la ciudad, películas y conciertos en solitario, poca interacción con gente fuera de mi trabajo, largas noches de introspección y domingos de taller de piano en una escuela donde pocas personas sabían mi nombre. Debo hacer hincapié en que no fue un año triste, nunca antes había estado tan solo pero lo disfruté mucho porque era exactamente lo que necesitaba.

Así fue como Closing Time se volvió un himno para mí, mientras lo escuchaba me encerraba en mi mente e imaginaba cómo sería la vida de Tom Waits cuando escribió esas canciones, o trataba de dibujar los escenarios que sugería en cada una de las canciones, y así pude ver a ese hombre manejando su Cadillac del ’55 y sentirse libre; a ese otro hombre y su lucha interna para atreverse a acercarse a una mujer en el bar y después perderla de vista justo en el momento en que juntó el valor suficiente para pararse del taburete del bar; a ese viejo hablando por teléfono con Martha y confesándole su añejo amor, a ese enamorado sonrojando a la mujer de su vida mientras vuela hacia al paraíso, y al final, a esos músicos tocando la última canción mientras que los borrachos ya se levantan de sus mesas y los meseros limpian los restos de la noche anterior.

Así me enamoré del álbum debut de Tom Waits, se hizo el soundtrack de un año muy importante en el que me dediqué a conocerme, siempre que lo escucho puedo encontrar al viejo Gerardo en varios rincones de sus hermosas canciones, y a veces camino por la ciudad junto con él y le digo cómo le fue después de haber tomado todas las decisiones que tomó en el 2009.

 


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Tags: Closing Time, crooners, jazz, Tom Waits

Autor: Gerardo Lamas

Melómano de nacimiento, antiguo colaborador de la mítica Musiteka...

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