Stranger Things y la promesa de un futuro con luces de neón

Publicado el 7 septiembre, 2017

Nunca dudé. Desde que vi el tráiler, supe que iba a adorar Stranger Things. Incluso esperé a que llegara mi sofá nuevo y, en cuanto lo acomodé y le tiré un almohadón y una manta encima, me devoré los ochos capítulos de la nueva serie de Netflix.

A esta altura es difícil separar las dos partes esenciales de su éxito: por un lado, es un producto bien hecho, prolijo y efectivo. Por otra parte, una enorme flecha al melancólico corazón de quien fue niño alguna vez y, especialmente, si vivió en los años ochenta.

En cuanto a lo primero, resulta evidente que es un producto de autor en el sentido de que los hermanos Matt y Ross Duffer son los innegables padres de la criatura. Cuando ellos aparecen en los créditos de guiones y dirección, el resultado se ve en una sola obra, dividida en ocho episodios, hay coherencia y unidad en cada aspecto, visible o inferido, muy al contrario de lo que sería un programa de televisión en el que cada capítulo es un trabajo de distintos equipos, más allá de que se conserve el concepto, como suele ocurrir en las series en las que las temporadas se extienden a lo largo de veintidós o veinticuatro capítulos. Algo similar sentí que ocurrió con la primer temporada de True Detective, aunque definitivamente desapareció en la segunda.

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Los planos evocativos, homenajeando el cine de la década de los ochenta justo hasta el límite necesario para no perder la originalidad, un marco referencial del que se seguirá hablando por mucho tiempo; unido a una fotografía con un dejo de ruido apenas sutil, lo justo para hacernos creer, con la debida suspensión de la incredulidad, que estamos en aquella época y no en la hiperrealista cinematografía del 2016; combinado con un casting impecable, desde una Winona Ryder que, hermanada con aquel Richard Dreyfuss de Close Encounters of the Third Kind, transita todas las curvas de la desesperación y la esperanza, junto con un impasible Matthew Modine, en las antípodas de esos personajes entrañables con los que nos hemos emocionado; para finalmente llegar a los chicos, esos increíbles chicos y esa gigante Millie Bobby Brown.

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Y la música impecable, perfectamente integrada a la trama, un trabajo excelente del dúo Survive formado por Michael Stain y Kyle Dixon, así como otros aciertos técnicos, producen una serie que es imposible abandonar. Es hipnótica, es emocionante, emotiva y maravillosa. Y, tal vez lo más destacado, es nostálgica.

Y ésta es la que considero la otra parte del éxito del show. No sólo está muy bien hecho, sino que es efectivo. Fue concebido para entretenernos pero también añorar, para recordar y para emocionarnos; no sólo con lo que pasa a Will Byers, sino con lo que nos pasó a nosotros.

En mi caso, tuve la fortuna de pasar mi infancia en un barrio de una ciudad de provincia, un arquetipo del barrio que ya no existe, del que los chicos en el futuro jamás sabrán. Tuve un hermano mayor al que admiraba y perseguía obstinadamente para que me incluyera en sus juegos, y después tuve un hermano menor que no me dejaba en paz cuando estaba con mis amigas o primeros novios. Y hubo momentos en que los tres fuimos parte de la identidad de ese barrio, de esa infancia, de esa década. Yo escuchaba a Madonna y a Michael Jackson, mi hermano miraba Max Headroom, yo pegaba fotos de Tom Cruise y Michael J. Fox en todas las paredes de mi cuarto, todos nos peleábamos para usar esa gloriosa Commodore 64 que nos puso en un cielo futurista de 8 bits sin salir de la cocina.

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Pero además, y quizás más importante, tuve un grupo de amigos en el que la imaginación no estaba amputada como siento que lo está hoy. Nuestra vida era juego. Todo a nuestro alrededor era escenografía, utilería y actores para la aventura más grande todos los tiempos. No había nada que no soñáramos. En los restos de un barco abandonado en un campo baldío, en el placard lleno de ropa de una abuela que ya no estaba, en las imposibles calles de tierra después de varios días de lluvia. Y era sólo el principio.

Tal vez no lo hablábamos tanto, pero probablemente todos sentíamos que las aventuras recién comenzaban. Si esa era la vida restringidos por adultos y sus reglas… ¿qué nos esperaba cuándo fuéramos nosotros los adultos, cuando fuéramos los únicos capitanes de nuestras vidas? El cielo era el límite. Ibamos a ser intrépidos, íbamos a ser hermosos, íbamos a ser amados. Me dormía contemplando los pósters en mi dormitorio, imágenes llenas de luces de neón, cuadrículas fosforescentes, sensuales mujeres robóticas con coloridas copas de Martini o patines brillantes, colores metálicos y la promesa de un futuro resplandeciente y moderno que estaría allí cuando fuéramos adultos, terreno de grandes aventuras por llegar.

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Hoy, a un par de años de cumplir los cuarenta, pasé toda una tarde mirando los ocho capítulos de Stranger Things y, con los sintetizadores de esa banda de sonido en loop en mi cerebro, no pude evitar pensar en aquella promesa de un futuro iluminado con luces de neón.

Will y sus amigos están en ese momento de nuestras vidas en que todo es una promesa. La adolescencia está a la vuelta de la esquina y el upside-down de Eleven puede resultar una metáfora de la oscuridad y desorientación que está por venir. Y la vida adulta que no siempre va a traer mucha claridad, más bien la destreza de conducirnos mejor por calles sombrías. Hasta un día en que, mirando sin ver la pantalla de la televisión, nos vamos a encontrar preguntándonos ¿qué diría mi yo de diez años si me viera? ¿Fui intrépida? ¿Fui hermosa? ¿Fui amada?

En esto me hizo pensar Stranger Things. En aquel tiempo en que todo era promesa.

Porque deseo muy fuerte, en secreto y en vano, que aún lo sea.


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Tags: 80's, Duffer Brothers, Eleven, Matthew Modine, Stranger Things, Winona Ryder

Autor: Cilia Ce

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios, dijo Baudelaire. Y yo lo escribo....

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