“The OA”: creer o no creer definitivamente no es la cuestión

Publicado el 19 julio, 2017

«Existir es sobrevivir a elecciones injustas»

Al igual que su antecesora y germinal The sound of my voice —también de la dupla Brit Marling-Zad Batmanglij— y tantas otras como Safety Not Guaranteed, Life of Pi e incluso K-Pax; la nueva serie de Netflix, The OA, le da al espectador las herramientas necesarias para aproximarse a la historia desde la lógica o desde la fe. Tanto si le creemos o no a Prairie Johnson/OA, probablemente tengamos evidencia que confirma/desmiente ambas posiciones, más que por un inherente sesgo de confirmación; por una calculada decisión artística.

Sin embargo, ésta suele ser una decisión bastante usual: una vez que el espectador traba relación con la obra, poco importa lo que haya querido decir el autor. A veces es inevitable. A veces es perfectamente intencional. En este caso, ni siquiera es la cuestión. No es caprichosa la escena en que Nancy, minutos antes de conocer a su futura hija adoptiva y protagonista del programa, encuentra una mamushka. Podría haber sido un momento de transición en que pasa delante de la muñeca o incluso la observa, sin embargo, buen tiempo de pantalla se dedica a la acción de ir abriendo una mamushka tras otra. Tal vez es una forma de decirnos que no hay una sola lectura correcta y simple de lo que estamos por ver, tal vez haya historias dentro de otras historias y quizás haya que ir abriendo mamushkas hasta encontrar qué es exactamente lo que significa para nosotros, espectadores, la historia de The OA.

La trama nos pone a prueba en el primer episodio, sin rodeos, cuando el padre dice en el hospital, tan breve y conciso que casi parece el tagline de la serie: «Es nuestra hija, pero nunca nos había visto. Hace siete años, cuando desapareció, era ciega».

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Después, ya con un poco más de contexto, la habilidad del storytelling se refleja cuando ya están todos reunidos en la casa abandonada, todavía dudosos, y Prairie dice «Les contaré mi historia desde el principio… pero deben fingir que confían en mí hasta que confíen de verdad… quiero que cierren los ojos, imaginen todo lo que les digo como si estuvieran ahí, como si estuvieran conmigo, como si fueran yo». Algunos ceden de inmediato, otros un poco dudosos y finalmente French se niega, claramente escéptico. Lo hermoso es que cuando finalmente cierra los ojos y se entrega al relato, hay un zoom hacia su rostro y en ese momento —cincuenta y ocho minutos después de iniciado el capítulo— aparecen los títulos y Netflix nos dice que nos presenta The OA; al son de una música fabulosamente compuesta por Rostam Batmanglij. No es casual que los títulos aparezcan en ese instante preciso, al contrario, es ahí cuando se nos recuerda que nos van a contar una historia y debemos decidir «como si saltáramos a una corriente invisible», si la vamos a escuchar con el tamiz de la lógica o con el prisma de la fe.

THE OA

En mi lectura (en mi mamushka) de la serie, al margen de mafiosos rusos, ángeles y los anillos de Saturno; hay una construcción del mundo de cada personaje forjado con las elecciones que hacen y sus consecuencias. OA incluso menciona que realidades enteras se forman al tomar una decisión y no otra. Y como si la referencia a The Road Not Taken de Robert Frost no fuera suficiente, Hap luego habla de «jardines con senderos que se bifurcan».

Me estremecí un poco cuando OA descubre que está en una jaula con otros prisioneros. Es una escena bien construida: nos alegramos de que finalmente encuentre a alguien que la entienda, la vemos sonreír, ya no está sola en el mundo. Por eso duele descubrir la traición de Hap, porque nunca un enemigo es tan terrible como cuando primero fue nuestro amigo. Entonces se escucha una voz que le dice «si pensás en cada paso que te llevó hasta acá, te vas a dar cuenta de la que la culpa es sólo tuya».

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Igual que Prairie, un día yo también me fui de casa cargando una mochila y dejando una nota detrás. Igual que Prairie, me dirigía hacia un sueño. Igual que Prairie, caminé ciegamente hacia una pesadilla.

Esa huella que perdura, esa segunda piel que nos ahoga, nos hunde y nos esconde, esa sombra que siempre vamos a proyectar sin importar de donde venga la luz en nuestras vidas; eso es vivir con un trauma. No hace falta aclarar que el mío no se parece al de OA y, pese a eso, ciertas palabras de un programa de televisión parecían salidas de mi garganta.

En un momento se menciona que el cautiverio es un estado mental. La pérdida de la libertad física destruye una seguridad esencial para cualquier persona: aun después de salir de una jaula, los efectos del cautiverio persisten durante años, moldean futuros comportamientos, definen conductas y personalidades. Prairie nunca va a tener una vida normal, porque Prairie nunca escapó, nunca volvió: la que regresó es otra. Así de definitivo e inexorable es el cambio que se produce en alguien que perdió su derecho a decidir quién es. El pasaje de «Prairie» a «OA» es mucho más que un descubrimiento mesiánico, es una herramienta esencial de supervivencia. «Estás viva», se dice al despertar.

Y, capítulo a capítulo, asistimos a la odisea de todos los personajes de lidiar con las consecuencias de sus actos y su pasado, forjando diariamente un mundo propio que finalmente los contenga. Es inevitable acá recordar Another Earth, de los mismos creadores, película en la que a la protagonista (también Brit Marling) por medio de las ramificaciones de su pasado, la llevan literalmente a buscar otro mundo en el que pueda vivir consigo misma.

¿Y OA?

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Para algunos será la líder del grupo, un ángel valiente abriéndose paso a mundos paralelos, determinada en la misión de rescatar al resto de los ángeles cautivos, con un plan, con fuerza, con la voluntad. Para otros, es una chica perdida, dando tumbos en el regreso a una vida que ya no es suya, con una familia que ahora es ajena y con la que no hay forma alguna de comunicarse, dudando por momentos si todo ocurrió realmente o sólo lo imaginó.

Lo hermoso es que, en el mismo lugar y al mismo tiempo, puede ser las dos.

Por eso pienso que tal vez no sea esencial la cuestión de creer o no creer, porque entre la lógica y la fe, las dimensiones son incontables. Y lo que importa, lo que pareciéramos olvidar en cuanto cerramos los ojos en el primer capítulo, es que, ángel o sujeto de un experimento, lo que va a salvarla será contar la historia, porque eso es exactamente lo que hacemos cuando tenemos un dolor que habita en el espacio que hay entre palabra y palabra: contamos una historia para crearla, para escaparnos, para salvarnos.


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Tags: Brit Marling, ciencia ficción, Netflix, Prairie Johnson, Rostam Batmanglij, The OA, Zal Batmanglij

Autor: Cilia Ce

En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios, dijo Baudelaire. Y yo lo escribo....

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